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lunes, 2 de febrero de 2015

Imágenes gay en el cine mexicano.Tres décadas de joterío 1970-1999.México DF

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Jorge Zavaleta Balarezo* PhD Universidad de Pittsburgh

"No estamos hablando del público que asiste masivamente a ver películas sino de

un espectador con una sensibilidad propia que se reconoce en las imágenes y puede
identificarlas como parte de su propia identidad", un comentario desde la Revista Iberoamericana.

BERNARD SCHULZ-CRUZ. Imágenes gay en el cine mexicano. Tres décadas de joterío
1970-1999. México DF: Fontamara, 2008.Revista Iberoamericana, Vol. LXXVI, Núms. 232-233 Julio-Diciembre 2010: 1003-1006.

Imágenes gay en el cine mexicano es una contribución del profesor Bernard Schulz-
Cruz que expresa una nueva mirada a un tema por lo general soslayado o dejado al margen
en la historia no sólo de la cinematografía mexicana sino latinoamericana en general.
Ante los habituales silencios o las reservas para tratar e interpretar la presencia del sujeto
gay o las relaciones homosexuales en la pantalla, Schulz demuestra, sin embargo, con
un estudio de 36 películas, que estas manifestaciones han tenido una creciente presencia
en la producción filmográfica de un país considerado tradicionalmente conservador,
religioso y donde una heteronormatividad sexual prácticamente se ha impuesto a lo
largo de siglos.

La preocupación central del autor es el registro de una inicialmente tímida insurgencia
del imaginario abiertamente gay, que se enfrenta a un orden establecido, y que alcanza,
después de una larga lucha, un espacio no de pleno reconocimiento pero sí de expresa
presencia en una cinematografía más bien acostumbrada a mostrar valores familiares o
conductas abiertamente machistas o sexistas, además de limitar a la mujer, sucesivamente,
a los roles de madre, esposa o amante, como lo recuerda la crítica Ana M. López en un
estudio sobre el melodrama fílmico mexicano.

Schulz-Cruz elige como fecha de partida el año 1970 porque considera que desde
entonces ha habido un cambio sustancial en la representación tradicional del homosexual
en el cine del que se ocupa su texto. El autor está interesado en films diversos y distintos
entre sí, pero advierte que no se va a detener en trabajos que más bien considera de mal
gusto o que persisten en el estereotipo del gay marginado u objeto de burla pública.
El objetivo principal de este texto es, entonces, “recuperar las imágenes, contribuir
a preservar la memoria colectiva y admirar la osadía y, al mismo tiempo, la estupidez
en varios casos, con que se iba construyendo un discurso fílmico y cultural que, paso
a paso, reconocía explícitamente la homosexualidad masculina como una otredad gay
que se volvió imagen” (14).

Además de la presentación, el libro contiene un ensayo crítico (“Acomodando el
cuerpo gay en el cine mexicano”), la serie de películas analizadas y las palabras finales
del autor. En la presentación, Schulz-Cruz reconoce su deuda con las películas El lugar sin
límites, de Arturo Ripstein, y Doña Herlinda y su hijo, de Jaime Humberto Hermosillo,
a las que cita por su carácter transgresor y precursor. Surge entonces la interrogante
acerca de las condiciones que produjeron el proceso para llegar hasta estos films. Esa
evolución es la que inquieta a Schulz-Cruz en la medida que significa un camino de
maduración hasta alcanzar cierto equilibrio y, también, una cierta aceptación del público
espectador. La propuesta del autor, así, es seguir de cerca la construcción de un imaginario
del hombre homosexual que finalmente se proyecta en el siglo XXI.


En el ensayo “Acomodando el cuerpo gay en el cine mexicano” el autor teoriza y
critica las diversas muestras que de esta manifestación se han mostrado sucesivamente
en películas de un valor artístico a veces muy desigual. Pero si el arco temporal elegido
por el autor (1970-1999) pretende no sólo un acercamiento cronológico sino dar
cuenta de la evolución de una sensibilidad, el propio académico señala que no todo el
cine que comenta es “necesariamente gay u homosexual, sino que las imágenes han
ido respondiendo de algún modo a las aperturas o posibilidades que la sociedad iba
aceptando” (15). Sin manifestarlo explícitamente, Schulz-Cruz se refiere a dos hechos
fundamentales: el trabajo de una orgánica censura estatal, que decide qué se debe mostrar
en las salas de cine y qué debe permanecer oculto, sancionado; y el progresivo despertar
de la sociedad mexicana –y diríamos, latinoamericana en general– que progresivamente
va aceptando, aunque sin incorporarla del todo, esa sensibilidad otra, distinta, que
constituye el tema de este libro.

Un aspecto original de esta propuesta es la identificación del espectador gay.
No estamos hablando del público que asiste masivamente a ver películas sino de
un espectador con una sensibilidad propia que se reconoce en las imágenes y puede
identificarlas como parte de su propia identidad. Es el espectador gay “que ve parte de
sí en un personaje” (16). Por imágenes gay el autor entiende “la iconografía del cuerpo masculino en relación con el objeto de deseo de un hombre por otro hombre, en un momento determinado” (16). A partir de esta definición, el autor expresa algunas ideas sobre lo queery la
homosexualidad, recordando conceptos de Sommerville, Foucault y Spargo, y constata
que las imágenes gay siempre han estado presentes en el cine pero progresivamente han
pasado de la marginalidad a una aceptación pública. Entonces, de una manera sintética,
el autor realiza un recorrido por la cinematografía mexicana, ubicando films donde el
sujeto gay es mostrado en sus diversas variantes. Sitúa el punto inicial en La casa del
ogro, una película de 1938. El autor es consciente que en ese año y aun en los siguientes
más que todo se parodiaba al hombre homosexual en la pantalla o se le usaba como un
artefacto decorativo. Otros films citados son Me ha besado un hombre (1944), A toda
máquina(1951), El valle de los miserables (1974) y Tintorera (1976). El cine mexicano
entonces pretendía identificar pero también cercar al sujeto gay: “los papeles de bailarín,
criado, mesero, modisto y peluquero se repetirán en muchas películas como limitados
íconos homosexuales” (22).

Una idea clave es que, en el continente latinoamericano,“México es el mejor ejemplo
de cómo una comunidad artística puede impactar en la representación homosexual en
el cine” (31). Con esta afirmación el autor se refiere a que el trabajo y las normas de
producción a las que están sujetos directores y productores han permitido, con el paso
del tiempo, la incorporación de grupos marginales en la representación fílmica.
La parte sustancial del libro es la sección “Películas analizadas” en la que figuran
fichas técnicas, sinopsis y comentarios de 36 films, desde Los marcados (1970) hasta Sin
destino(1999). Como ya lo ha anunciado el autor, en la lectura de los comentarios sobre
estas películas el lector percibirá el cambio que sufre la representación del sujeto gay
y la identidad homosexual: desde la mera referencia accidental hasta un protagonismo
central. Uno de los films fundamentales en este recorrido es, por ejemplo, La primavera
de las escorpiones (1970), “una película llena de fobias, pero que trasciende porque
la homosexualidad es universal” (53). En La isla de los hombres solos (1973) “la
homosexualidad aparece como una forma de escapar a la violencia” (75). El hombre
de la mandolina (1982) es “una película bellamente filmada, con algunas escenas
buenísimas. El cuerpo gay no es afeminado ni travestido. Pero, al mismo tiempo, tiene
mensajes catastróficos, no solamente de opresión de deseo homosexual, sino también
de aceptación del rol de víctima” (103).

Además el libro contiene reseñas de películas de Paul Leduc (¿Cómo ves?, 1985),
Eduardo Martínez (El día de las locas, 1990), María Novaro (Danzón, 1991), Christian
González (Imperio de los malditos, 1992). Merece una mención el director Enrique
Gómez Vadillo, autor de Amsterdam Boulevard y Muerte en la playa, y a quien el autor
identifica como un díscolo explorador de lo que él llama la “patología gay”.
Cabe señalar la singular presencia de varios films de Arturo Ripstein y Jaime
Humberto Hermosillo en este estudio. A los ya referidos El lugar sin límites y Doña
Herlinda y su hijo el autor elige, además, en el caso de Hermosillo, la referencia a El
cumpleaños del perro, Matinée, Las apariencias engañan, Clandestino destino, De
noche vienes, Esmeralda y El verano de la señora Forbes, este último basado en el
conocido cuento de García Márquez. Hermosillo, en palabras del autor de este libro,
es un cineasta que deja todo abierto a la imaginación. El poder de sugerencia de sus
imágenes y la fuerza de sus argumentos hace de la suya una cinematografía liberadora.
En el caso de Ripstein, se analizan, además, El otro, Mentiras piadosas y El evangelio de
las maravillas. Ripstein es un gran retratista de la marginalidad y sus personajes turbios
y oscuros y siempre en conflicto han convertido su obra en una de las más singulares
y personales de los últimos años en el cine de la región latinoamericana. Schulz-Cruz
nos recuerda que “El lugar sin límites es tal vez el film más antimachista en la historia
del cine mexicano” (97).

Una crítica que se le puede hacer a este libro, y particularmente a la sección de
comentarios de las películas, es que estos, más que todo, se dedican a narrar el argumento
de los films, deteniéndose por momentos en detalles importantes, pero en realidad el
análisis no se dirige ni a la forma ni –necesariamente– a la expresividad de las obras
tratadas. Si el argumento general de este libro es la evolución del cuerpo gay en el
cine hasta el punto de alcanzar una emancipación, este concepto podría traducirse en
un comentario quizá a veces más teórico y explícito, más allá de la revisión a veces
mecánica de los argumentos.

Al margen de ese detalle, Imágenes gay en el cine mexicano se convierte en una
fuente indispensable porque recupera el testimonio de un cine donde las imágenes no
hablan necesariamente por sí mismas, y que muchas veces en espectadores que ven
en el cine una forma de escapismo sólo causan morbo y escándalo. De allí el valor
didáctico de este libro, en el que pueden rastrearse asimismo films primigenios como
El monasterio de los buitres, El muro del silencio o El principio, todos ellos verdaderas
obras fundacionales de lo que ya podríamos considerar un subgénero fílmico. Ellos y
los otros films considerados en este volumen confirman que “la construcción de las
imágenes gay en el cine mexicano es una clara muestra de los continuos esfuerzos de
la cultura por oponerse al discurso oficial” (228).

University of PittsburghJORGE ZAVALETA BALAREZO

Nueva reseña en Research Gate

 
ttps://www.researchgate.net/publication/47806540_sobre_Bernard_Schulz-Cruz_Imgenes_gay_en_el_cine_mexicano._Tres_dcadas_de_joterio_1970-1

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