Papel de Arbol

viernes, 6 de julio de 2018

Crónicas de cementarios por David Flores Vásquez




Por David Flores Vásquez*
A propósito del artículo que publicó en Papel de Arbol  mi amigo Jorge Zavaleta, sobre la vida en los cementerios,   deseo decir algo sobre el tema. Para empezar:   Recuerdo siempre la anécdota de un bar, frente al Cementerio El Angel, en Lima, donde rezaba una leyenda: “Acá se está mejor que al frente”.

Si  bien la ocurrencia e ingenio no dejaba de ser,  en verdad,   una falta de respeto para la paz de los muertos, un buen día  fue demasiado  para un deudo dolido porque en ese cementerio   reposaban los restos de su señora madre. Le irritó tanto la leyenda, que no paró hasta lograr que la Municipalidad  quitara al bar  la licencia. Allí se acabó obviamente la música y desapareció, no solo la leyenda, sino el propio bar.

Después me contaron   en una  oportunidad, con un toque de humor,   que un par de facinerosos se metieron de noche a dicho cementerio y se retiraban llevándose dos lápidas. Sorprendidos por la policía quisieron pasar por “espíritus que se iban de parranda” pero los delataba  una muy pesada carga…….  Los policías para desenmascararlos les preguntaron por lo que llevaban y  ellos, dice,  sin inmutarse y haciéndose los graciosos,  contestaron “son nuestros D.N.I.”

Anécdotas aparte, pocas veces nos detenemos en pensar, realmente, en lo que significa un cementerio, o la vida en él. Solo sabemos que un buen día por allí irán a parar nuestros restos, o quizá ni nuestras cenizas pues, para  esos casos, casi siempre, con intención disimulada,  veremos la fecha muy lejana o dejaremos de  pensar en  que algún día  nos tocará partir………...

Por de pronto, especialmente para quienes provenimos de la sierra, los cementerios  son lugares de mucho respeto, especialmente en las noches en que la imaginación se agiganta y son más impactantes los cuentos de aparecidos o espíritus que penan. En Huaylas, Ancash, mi tierra, pasar de noche por la puerta del cementerio nunca fue fácil. Había que estar acompañado y siempre era preferible pasar silbando,  para “auyentar” los malos espíritus.

Conocí de niño a una viejecita, beata,  que decían era muy devota. Parece se  llamó Encarnación, pues todos le decían “Encarna” o Encarnita”. Contaban, para nuestros miedos infantiles, que en algunas noches se metía a rezar en la iglesia; que de pronto tomaba una cruz y que con ella se iba al cementerio a media noche. Decían que tras ella iban muchas “almas en penitencia” que llenaban la calle. Por cierto que cuando la veíamos en el día, siempre le teníamos  miedo.

He visto cementerios, realmente metidos en la ciudad y que,  en verdad, forman parte del casco urbano como en París o Buenos Aires. Ya no dan miedo. Sirven, a  mi entender, para admirar bellezas en el mundo de la escultura. En ese sentido el Cementerio Presbítero Maestro en Lima, no se queda atrás. Las esculturas que allí existen son verdaderas obras de arte. El mármol de Carrara está presente por doquier. No se si hasta ahora existen las visitas nocturnas guiadas de las que alguna vez he disfrutado.  

Lamentablemente todo indica que, conforme pasen los años, ya no veremos más a nadie que se esmere en adquirir un mausoleo y menos una escultura para su tumba. El Papa Julio II pidiendo a Miguel Angel cuatro esculturas para su tumba, solo seguirá quedando en la historia, en el recuerdo. Cada vez será más fácil (y más barato) recurrir solo al fuego para incinerar y convertirnos en ceniza porque, finalmente, es fácilmente esparcible en cualquier lugar.

Hablando de esculturas, conviene recordar que la Alameda de los Descalzos en el Rímac, o el Paseo Colón,  son dos lugares en Lima que exhiben  bellas esculturas de mármol cuyo cuidado compete a todos. La vorágine que nos toca vivir, no permite  sentarnos a admirar esas obras de  arte que, dice, fueron traídas desde Italia. Es posible que nuestros jóvenes  ni saben de la existencia de estas bellezas, dignas de los mejores   museos. Son los tiempos.

Volvamos un poco a los cementerios y repasemos anécdotas sobre ellos. Dice, por ejemplo, que un día dos amigos argentinos visitaban admirados un  cementerio en Italia y que, de pronto, al leer los nombres de los difuntos, uno de ellos le dijo al otro: “Ché, cuánto argentino enterrado acá”. Quizá esto valida muy bien, por eso, lo que alguna vez dijo Jorge Luis Borges sobre los orígenes de algunos latinoamericanos: “ Los mejicanos descienden de los aztecas; los peruanos, descienden de los incas y los argentinos descienden de los barcos”.

Pues bien: En el Cementerio El Angel, en Lima, reposan los restos de mi recordada madre y de dos hermanas. Por eso, periódicamente, lo visitamos con mis hermanos para limpiar las lápidas y cambiar las flores. Un buen día, cuando estábamos ya en la última tumba, charlábamos animadamente sobre un tema de mitología. Yo me solazaba con la historia de Orfeo. Todo iba bien hasta el momento en que llegué narrando  que él, en busca de su gran amor, Eurídice, se fue hasta el rincón de los muertos.  Tenía que atravesar la laguna Estigia y que a falta de dinero para pagarle al barquero, con su música lo  cautivó  para que lo transporte, pero en ese momento  me olvidé por completo del nombre del barquero. Tampoco lo recordaban  mis  hermanos. De pronto, desde lo alto de su escalera, cerca de nosotros,  un cuidador de tumbas, que limpiaba una lápida del cuarto nivel, sin siquiera mirarnos dijo simplemente: “Creonte”, sacándome de tan difícil trance. Le agradecí pero cometí el gran error de no preguntarle algo sobre  él y de donde provenían sus conocimientos de mitología. No obstante nunca olvidé que un humilde limpiador de tumbas, desde lo alto de su escalera seguía mi narración y me apuntaló con sus conocimientos de mitología griega.

Terminaré estas divagaciones recordando lo ocurrido, en Quito, donde, dice, un joven sacerdote, si no me equivoco el Padre Badillo, acostumbraba evadirse de sus claustros cruzando un cementerio contiguo y que, para encaramarse mejor, ponía el pie en el hombro de un Cristo de bronce que lo soportaba resignado y que solo le decía, ¿Hasta cuándo Padre Badillo?. De allí a lo alto de la pared le era obviamente más fácil.  Esto, que dice ocurría siempre, un día tuvo que terminar:  El sacerdote logró encaramarse y  vio en la calle un gran cortejo que acompañaba un ataúd. Lo que allí supo es que en el ataud iban  sus propios restos.

Ah, los Cementerios…….. siempre serán los lugares a donde van a terminar las locas vanidades. Y, qué pena: También allí se notará la discriminación: Mausoleos solemnes y fosas humildes. Tumbas cuidadas y tumbas polvorientas y abandonadas. Dicen que en una oportunidad cuando un deudo miraba asombrado algunas tumbas secas y otras muy cuidadas y regadas, el sepulturero le dijo: Señor los que descansan en las tumbas secas, no tienen madre…..

°El mundo mágico que construyó Eduardo  
Panoramica de Milán.
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* David Florez Vásquez, jurista, músico. promotor del desarrollo  del  turismo, empezando por su tierra natal de Huaylas, Ancash-¨Perú, 550 kms al NE de Lima. Director de la Lira Huaylina, uno de los más destacados grupos de músicos y autores.


*Cantos a la vida    



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