Papel de Arbol

lunes, 12 de enero de 2015

LA CHORRERA, UN SIGLO DESPUÉS



Jorge Zavaleta Alegre
El resguardo más grande del mundo se llama La Chorrera. Hace un siglo fue escenario de esclavitud y extinción de su población, como parte de la explotación del caucho.  Se encuentra en el departamento del Amazonas, Colombia, en las orillas del Putumayo, en el límite con Perú y Brasil.


Se denomina resguardo, según la legislación colombiana, al territorio reconocido legalmente por el Estado, que debe gozar de las garantías necesarias para proteger sus recursos naturales en armonía con el  desarrollo de sus comunidades.

Sin embargo, a lo largo de cien años, la realidad, en esencia, no ha cambiado, salvo la conversión en un colegio de aquel espacio  donde se incubó la extinción de las comunidades.

La Chorrera, es una rica zona petrolera, que está en constante vigilancia de organizaciones ambientalistas.  Las mujeres indígenas demandan  a los Estados que reconozcan y respeten los derechos a las tierras, territorios y recursos, consagrados en la Declaración de ONU y se garantice libremente el propio desarrollo económico, social y cultural.

Clemencia Herrera,  dirigente de esta comunidad, participó en la COP20, (cuyos acuerdos deberían ser aprobados en la Cumbre Ambiental  de París 2015), donde reveló diversos pasajes que no pueden ser olvidados para evitar la repetición de  tragedias que avergüenzan a la humanidad.

La lideresa,  habló como delegada de las 22 comunidades que hay en el resguardo indígena Predio Putumayo, un terreno de 6 millones de hectáreas en el que habitan  ahora unos 5.000 nativos. Recordó los 100 años del genocidio indígena provocado por las caucheras, cuando la Casa Arana llegó a la zona para sembrar y explotar el cultivo del caucho derivado a las industrias británicas.

En La Chorrera se produjo  una "masacre" de los indígenas de la región, que no solo fueron asesinados, sino esclavizados. "Más de 80.000 indígenas suman los asesinados durante la explotación del caucho, que comenzó en 1912 y terminó en 1929"

Los gobiernos de entonces nunca se preocuparon por la suerte de los nativos. En el monte aledaño a La Chorrera todavía se pueden ver los árboles de caucho, en medio de la maleza, con las cicatrices que les dejó la explotación del siglo pasado.

Las huellas están a flor de piel. Subsisten aún algunos caminos por los cuales los indígenas debían transportar el látex para ser trasportado a Inglaterra en barco. Los actuales nativos los utilizan para desplazarse entre comunidades y para la cacería. En el lugar  quedan algunos palos de mango, que solo producen cada tres años  frutas de excelente sabor y calidad.

En La Chorrera no quedó ningún cementerio que dé cuenta de la tragedia. Solo está el relato que dan los "antiguos" sobre las atrocidades que cometieron los 'blancos'. Hay noches, especialmente en las de tormenta, en las que, en medio de la selva, se escuchan extraños gritos y el llanto de hombres y niños. Es cuando la comunidad más recuerda las atrocidades que allí se cometieron.

Hace tres décadas cuando una Caja Agraria comenzó la reconstrucción de la sede de la Casa Arana, las cadenas con las que eran atados los indígenas fueron arrojadas a las aguas del río Igara-Paraná.

Para llegar a La Chorrera solo hay un vuelo a la semana y en lancha la ciudad más cercana es Leticia (Colombia), a la que se puede llegar luego de 25 días navegando. Sus moradores tienen noticia  que la Marina del Perú viene impulsando la integración  fronteriza con diversos servicios del Estado, pero el programa no avanza por la complejidad que supone la intervención de una densa malla de sectores  públicos, el escaso compromiso y falta de tecnificación de la burocracia.

La Chorrera es parte del territorio Kamentxá,  conquistado por el Inca Huayna Cápac en 1492. Tras atravesar Cofán, estableció en el valle de Sibundoy una población quechua, que hoy se conoce como Ingas. Tras la derrota de los incas en 1533, la región fue invadida por los españoles desde 1542 y administrada desde 1547 por sucesivas misiones católicas.

Esta área del Putumayo, ligada a Popayán durante la colonia y en las primeras décadas republicanas, era parte del  Departamento de Azuay que incluía territorios de las  repúblicas de Ecuador y Perú.

Después de la desintegración de la Gran Colombia en 1830, el Putumayo siguió perteneciendo a la Provincia de Popayán, después anexada al Estado Soberano del Cauca. Con la reforma constitucional de 1886 este estado y los demás que componían Colombia pasaron a llamarse departamentos.

Actualmente subsisten diversas comunidades indígenas que resistieron el paso de los conquistadores del siglo XVI, la cauchería y las modificaciones ambientales causadas por la explotación del petróleo y la colonización reciente. 


Los pueblos indígenas perciben con claridad que  los políticos de ayer y de hoy,  no valoran a las comunidades nativas porque en términos de votos no son significativos para asegurar mayoría en las ánforas. Los Estados amazónicos deben entender que no existirán políticas ambientales viables si no se involucra  a los habitantes nativos. 

La Chorrera, como parte de la organización mundial  de mujeres indígenas,  agradece a los anfitriones de la COP20, en particular a CHIRAPAQ, Centro de Culturas Indígenas del Perú, al mismo tiempo que exige un mayor compromiso y acción para pasar de la fase declarativa a la acción concreta.

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