Papel de Arbol

sábado, 15 de junio de 2019

EL MEJOR OFICIO DEL MUNDO por Jorge Zavaleta Alegre

https://elperuano.pe/noticia-el-oficio-mas-hermoso-del-mundo-41380.aspx
https://www.animalpolitico.com/2014/04/gabo-y-el-periodismo-cuando-existian-las-grabadoras/

26 JUL AL 11 AGO
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PARAPANAMERICANOS
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RESEÑA

El oficio más hermoso del mundo

El periodista Daniel Samper, fundador de Cambio 16 América, y cuya línea está vigente en el Diario 16 de Madrid, menciona que Gabriel García Márquez confesó: “Inventábamos cada noticia...”.
Colombia ha logrado tener una figura emblemática dentro y fuera de su país. No obstante que  los  grupos de poder no lo quisieron. Pues la Universidad de Texas  decidió poner en valor la obra completa de GGM.  Y la  Familia del ilustre  colombiano aceptó.  

Han pasado algunos  años y  la  Fundación  García  Márquez, iniciativa de jóvenes renovados  y conscientes de su rolan convertido a esta  organización como la más  dinámica que contribuye a  la  fortaleza  de la prensa libre, creativa. Una sociedad mmuy  diferente a la  actitud colonial, ensimismadaa, que fuera  de Lima, el  diluvio. 
  •  
Siempre me pregunto acaso en el  Perú no hay o no han habido  grandes creadores. Mi respuesta  es si. Porqué entonces las generaciones  presentes o pasadas no multiplican líneas para ponderar  o  criticar  la  creación. No será que la  herencia  virreinal
dejó una conducta que la hemos  heredado  como si fuéramos parte de ella. 

Porqué  España ya  superó mucho  de la monarquía, no obstante tenerla muy  cerca a sus  reyes. Sigue vigente en el Perú esa abismal separación geográfica. 

En los pueblos  andinos  hay una fértil producción  cultural, musical, artesanal, pictórica, culinaria, y la prensa limeña más se preocupa  de las  estrellas  de  firmamentos lejanos,  

Lo más  triste es que  ni siquiera la mayoría  de población que dejó el país voluntaria o forzada,  va dejando  de interesarle lo que ocurre dentro  de nuestras  fronteras.  

Gracias a las  grandes redes electrónicas  músicos, cantantes, compositores, escritores  regionales se convierten en personajes  vivos  de barrios, colegios, ciudades pequeñas  de  EEUU, Francia, Italia.

Ultimamente, la densa  corrupción que domina al país y la lentitud de la justicia, repercuten  sobre lo pequeños  negocios, como la comida fusión, que en suma  fue y es una estafa para  el paladar. No es verdad que fuera del Perú la comida fusión sea un manjar de dioses. Hay una  abismal  diferencia en calidad, sabor y autenticidad  en la comida de El Salvador, Mexico, Brasil, Venezuela, Colombia, Cubana....

Este panorama se puede constatar en varias ciudades  de EEUU, Espña, China....
28/5/2016

Jorge Zavaleta Alegre Periodista

En 1954, el diario colombiano El Espectador envía precisamente a García Márquez, integrante del grupo de jóvenes periodistas de entonces, a cubrir una protesta multitudinaria contra el gobierno en la remota ciudad de Quibdó, en el estado del Chocó. Tras una odisea de dos días de viaje por la selva, García Márquez y su fotógrafo llegan por fin a su destino y se llevan una sorpresa: la ciudad de Quibdó está en completa calma. El corresponsal local de El Espectador, Primo Guerrero, había falseado los hechos que había informado a la redacción en Bogotá.

Es decir, García Márquez se percata de que la protesta por la que había sido enviado a reportear no existe. Ante este panorama, el joven periodista le dice a Guerrero que no quiere regresar a la capital con las manos vacías. Así que se ponen de acuerdo y, “con tambores y sirenas”, ambos convocan y organizan una protesta para poder escribir la crónica y tomar las fotos.

La nota sale publicada en El Espectador bajo el título “Historia íntima de una manifestación de 400 horas” y, en ella, García Márquez asegura que la protesta duró 13 días, “nueve de los cuales estuvo lloviendo implacablemente”.

García Márquez desbordó su creatividad no solo en sus novelas, sino también en sus columnas y reportajes. Una de las características de las novelas de García Márquez es su capacidad para inventar una “realidad desbordante”, “anécdotas ficcionales”, que según el crítico Claudio Guillén, se trata de “uno de los grandes revolucionarios estéticos” de América Latina.

En octubre de 1996, García Márquez pronunció un discurso que rápidamente pasó de mano en mano y estalló como una pólvora de entusiasmo en las redacciones, ‘El mejor oficio del mundo’.

En ese texto, que extraoficialmente se convirtió casi de inmediato entre periodistas jóvenes y veteranos en una especie de manual de estilo, García Márquez pide considerar al reportaje como un género literario y habla sobre los “atentados éticos” que muchos reporteros cometen por prestar más atención a la tecnología que a las personas y a las palabras. 

En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura y remarcó: “La ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón”.

Ese énfasis en la ética aparece en un libro del periodista español Alex Grijelmo, donde García Márquez insiste en que el periodista debe apegarse a la verdad y no puede caer en la tentación de mentir.

La lista de periodistas escritores tiene a nombres como José Martí, Rubén Darío, Lima Barreto, José Marín Cañas, Roberto Arlt, Jorge Amado, Tomás Eloy Martínez, solo por dar unos pocos ejemplos.
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 Gabo y el periodismo cuando no existían las grabadoras

“García Márquez aprendió muy pronto que los datos básicos no cuentan toda la verdad: es necesario recrear la atmósfera, explorar la psiquis de los personajes, buscar el detalle asombroso. Ir, en suma, más allá de lo evidente”: Alberto Salcedo Ramos, periodista colombiano.
PorMayra Zepeda
 19 de abril, 2014
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Foto: Cuartoscuro.
Cuando Gabriel García Márquez llegó a Bogotá, la capital de Colombia, aún era un adolescente. Ahí, este joven de Aracataca, municipio del departamento de Magdalena, comenzó a escribir poemas y cuentos. El primero, “La tercera resignación”, se publicó en el diario El Espectador cuando Gabo tenía 20 años.
El periodismo se cruzó en su vida en 1948, cuando fue asesinado el candidato presidencial del partido liberal Jorge Gaitán y se desató en Colombia una era de Violencia, sí, con V mayúscula. A los actos violentos que surgieron en la capital colombiana se le llamó Bogotazo. Estos hechos obligaron a Gabo a trasladarse a Cartagena, donde el periódico El Universal le ofreció una columna diaria.
Ahí empezó el periodismo para Gabo. En este diario escribió sus primeros reportajes y su primera columna llamada “Punto y aparte”.
Para 1950, García Márquez se mudó a Barranquilla. Ahí trabajó para El Heraldo, donde escribió reportajes, editó cables internacionales y publicó su columna llamada “La Jirafa”, la cual firmaba con el seudónimo de “Septimus”.BBC Mundo dice que el nombre de esta columna estuvo inspirado en Mercedes Barcha, entonces novia de Gabo, hoy su viuda. García Márquez le apodaba “la jirafa” porque, dicen, Mercedes tenía un cuello largo y esbelto.
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columna_gabo
Cuando Gabo regresó a Bogotá, convencido por su amigo el escritor colombiano Álvaro Mutis, comenzó a trabajar en El Espectador, sí, el diario que publicó por primera vez uno de sus cuentos.
Fue ahí donde en 1955 publicó uno de sus reportajes por entregas más conocidos, Relato de un náufrago, el cual causó problemas al gobierno del único dictador que Colombia ha tenido en su historia, Gustavo Rojas Pinilla.
¿Que contó Gabo en este reportaje que le valió que El Espectador lo exiliara en París como corresponsal? Así lo dice la editorial Tusquets:
El 28 de febrero de 1955 se conoció la noticia de que ocho miembros de la tripulación de un destructor de la Marina de Guerra de Colombia habían caído al agua y desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe. De los ocho, sólo sobrevivió Luis Alejandro Velasco, que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber.
A lo largo del diálogo que sostuvo con el náufrago, el reportero (García Márquez) aclaró que no había existido tormenta alguna, que los ocho hombres cayeron al mar porque la nave de guerra llevaba carga de contrabando que, a causa de un bandazo motivado por el viento, se soltó arrastrando a los marineros.
El relato de aventuras se convirtió inmediatamente en denuncia política. Se levantó en el país un gran alboroto que le costó la gloria y la carrera al náufrago y el exilio al reportero.
Algunos de los textos que García Márquez publicó en El Espectador:
Después de París, Gabo regresó a Colombia, se casó con Mercedes y se fueron a Venezuela. Allá trabajó en las revistas Momento y Venezuela Gráfica.
En 1959 se fue a trabajar a La Habana, Cuba, como director de la agencia de noticias Prensa Latina, del gobierno cubano. Además, pasó un tiempo en Nueva York, pero luego se desplazó a México por “presiones anticastristas”.
En nuestro país, Gabo fue editor de las revistas La familia y Sucesos para todos.
En 1983, García Márquez escribió un reportaje para la revista Semana: “Bateman: misterio sin final”. Este texto relata la desaparición de Jaime Bateman Cayón, guerrillero del M-19 (Movimiento 19 de abril).
Además, Gabo también publicó por mucho tiempo en el diario español El País, de 1979 a 2007. El 16 de diciembre de 1979 publicó su primer reportaje en este periódico:
Y el 27 de marzo de 2003 publicó el último texto:
Uno de los últimos proyectos periodísticos de García Márquez fue la revista colombiana Cambio, pero tuvo que abandonarla porque fue diagnosticado con cáncer linfático.
Las exageraciones en el periodismo de García Márquez
Néfer Muñoz publicó para BBC mundo que “en el caso de García Márquez es posible detectar exageraciones e invenciones en diferentes etapas de su periodismo. En algunos momentos, estas exageraciones e invenciones están presentes de una forma abundante y abierta, y en otras, de forma dosificada y velada. Esto es un fenómeno que se enmarca en lo que he llamado el diarismo mágico de García Márquez”.
Lee el texto completo en BBC Mundo. 
“Gabo periodista”
“El periodismo fue el taller en el cual García Márquez empezó a decantar algunas de sus obsesiones temáticas. Por ejemplo, lo real maravilloso, la soledad del poder, las nostalgias, las guerras civiles y los enigmas del destino.
“En sus novelas y reportajes hay varias recurrencias comunes. El escritor, obviamente, le aportó mucho al periodista, tanto en su estética formal como en el hallazgo de los enfoques y las estructuras narrativas.
“Lo adiestró en el uso de la sentencia reveladora y contundente, de la hipérbole extraordinaria; le enseñó a dosificar las cargas dramáticas, para que las narraciones resultaran más eficaces, le ayudó a descubrir el valor de la atemporalidad y la universalidad, dos de las virtudes superiores de su obra. Le sirvió para aprender a magnificar lo simple y hacer cotidiano lo grandioso.
“García Márquez aprendió muy pronto que los datos básicos no cuentan toda la verdad: es necesario recrear la atmósfera, explorar la psiquis de los personajes, buscar el detalle asombroso. Ir, en suma, más allá de lo evidente”.
Estas palabras son del periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos al referirse al libro Gabo periodista, una compilación de reportajes, crónicas y columnas de Gabo en 512 páginas como proyecto editorial de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).
La periodista peruana Esther Vargas leyó esta compilación y extrajo 10 lecciones sobre el periodismo que practicaba García Márquez.
“Las notas y artículos de Gabo nos confirman (…) que en el periodismo no basta solamente con estar presente en un lugar: también hay que saber contar la noticia, narrarla. Y Gabo sabe. Leerlo es aprender”.
Las 10 lecciones:

Lee el texto completo sobre “Gabo periodista” aquí.
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PSICOANALISIS ESTIVAL: Junio, II Domingo- 2019. Jorge Zavaleta Balarezo


Hubo Festival
Informe desde la otra fiesta
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Ya lo sé, no soy Hunter Thompson.
Empezaré este informe con una infidencia, con la confesión de un pequeño crimen, un crimen irrelevante, si se quiere: para obtener las boletas del Hay Festival falsifiqué un carné estudiantil.

Y daré también una justificación, quizás innecesaria, por esos días acababa de dejar mi empleo de tres años, un empleo en el que a decir de Nicanor Parra “había perdido la voz haciendo clase”. Con la pobre liquidación pagué tres meses adelantados de arriendo y con el resto llené la nevera con lo que más pude y bueno guardé algo de dinero para los pasajes y para comprar algún libro de uno de los escritores que asistirían al Hay Festival.

Las estrellas vivientes del evento eran Enrique Vila-Matas, Hanif Kureishi y Javier Cercas (se habló también de la presencia de García Márquez y Carlos Fuentes, pero en lo que a mí respecta estos son autores muertos). Entré a una de las librerías del centro (que por esos días exhibían orondas en las vitrinas todas las obras de los participantes al festival) y elegí Bartleby y compañía de Vila-Matas, motivado más por la misericordia y fascinación que años antes me había producido el abúlico personaje de Melville, que por los fragmentos y artículos que había leído de Vila-Matas en la red.

La publicidad televisiva arreciaba, como un viento indeciso golpeaba por todos los costados a cualquier hora del día. “Hay fiesta en Cartagena”, decía una voz entusiasta, “cuatro días de música, danzas y literatura”, y en otro comercial una palenquera (una negra vendedora de frutas) pregonaba con una porcelana puesta en la cabeza los nombres de los autores “Llevo a Vila-Matas, llevo a Carlos Fuentes, llevo a Jorge Franco, etc”. La inscripción como estudiante si bien era gratuita, pese a ser a través del correo electrónico, no era del todo sencilla; constantemente te veías en la necesidad de imprimir formatos, enviar fax y correos reconfirmando una y otra vez, y otra vez tu asistencia. Dos días antes del inicio del evento recibimos un último correo en el que se nos anunciaba literalmente que “debido al cupo limitado principalmente en el Claustro de Santo Domingo se ha asignado para ustedes el Salón Mutis, donde se proyectará a través de circuito cerrado de televisión. En el Teatro Heredia se ha asignado La Galería en el Cuarto Piso”.

Claro, la ofensiva publicitaria había hecho su mella y para un evento donde se esperaban cuatrocientas personas se habían inscrito cuatro mil. Los yupis desplegaron su furor en las largas filas para conseguir boletas de última hora, los cazadores de autógrafos y fotografías pululaban como una plaga insaciable en las afueras del teatro y en las librerías.

La reacción de los estudiantes no se hizo esperar, debido a que los correos enviados por la organización eran colectivos, decenas de notas de protesta empezaron a circular; una de éstas explicaba: “Un grupo de estudiantes de literatura consideramos la arbitraria decisión de los encargados de la organización (...) como un irrespeto contra aquellos que nos inscribimos dentro de los límites de tiempo establecidos. Se nos quieren imponer condiciones desconocidas en el momento de inscripción, en detrimento de nuestra calidad de asistentes al evento”, y la protesta adquiría más sentido si se tenía en cuenta que la mayoría de los verdaderos estudiantes venían de otras ciudades y habían hecho una inversión de transporte y hospedaje. Varias propuestas se esgrimieron vía e-mail, entre esas la de la realización alterna de un festival en las playas de la ciudad con un grupo de escritores disidentes (a saber: Vila-Matas y William Ospina), y la propuesta de una fiesta donde iluminados por el alcohol hallaríamos puntos coincidentes para acertar el gran golpe.

Como era de esperar los organizadores no respondieron a ningún correo, ni plantearon soluciones. La mañana antes de que se iniciara el evento les escribí melodramáticamente: “Apreciados amigos. Totalmente consternado, petrificado, leo la notificación de que como estudiantes seremos relegados, por la organización de los eventos que se llevarán a cabo. Me parece una decisión injusta e irrespetuosa que contradice el supuesto espíritu de apertura del evento. Supongo que no hubo mala intención su parte, pero en su afán de desenredar este embrollo han intentado solucionarlo con un remedio que quizás les resulte peor. Espero que lo sepan resolver de la mejor manera ya que he recibido centenares de correos de gente demente y ofendida... Cuídense, muchachos”. Tampoco hubo respuesta.

Por la tarde en las afueras del teatro las filas eran menos nutridas de lo esperado, atisbé entre la fila de estudiantes con la intención de hallar un gesto o comentario desobligante sobre la organización. Adentro subidos en el culo de la mula veíamos (abajo) la minúscula escena preparada para la primera conversación, en medio del escenario había un pequeño montículo con dos sillas a la manera de los talk show americanos. Me pregunté infinidad de veces cómo sería la entrada de los participantes: uno entraría por la izquierda y el otro por la derecha, ambos del mismo lado, o saldrían de arriba sostenidos por una cuerda, o en medio del público, en fin. Salieron ambos por la izquierda y como si no se hubieran visto antes se dieron un fingido y torpe abrazo. Los participantes eran Jorge Franco y un errático y nerviosísimo periodista local, la charla fue tan sosa y trivial que una chica al lado mío la resumió con una frase: “Sólo faltó que le preguntara de qué color prefería los calzoncillos”. Sin embargo hubo un momento en ese primer evento, una fracción de segundo, en el que de verdad creí que algo iba a pasar, que alguno de los que estábamos en el cuarto piso, de los excluidos de la fiesta, quizás yo, se iba a levantar e iba a gritar alguna sandez. Pero nada, nada pasó.

Para el segundo evento ya mis expectativas habían menguado, cuando se levantó el telón el talk show había sido ampliado a cinco sillas y entre los participantes que debían defender “Por qué escribían” estaba Enrique Vila-Matas. Sí, era él, premio Herralde, premio Rómulo Gallegos y otros más; vestido de saco oscuro, con pelo engominado sentado en el centro del escenario, desprendiendo un aura enorme... hasta cuando empezó a hablar con una sarta de contradicciones y antipatías que lo hacían fluctuar por momentos entre la actitud de un adolescente altivo y la de un viejo senil, este segundo acto concluyó con un absurdo grito desde el público de “Viva España” que ni el propio Vila-Matas supo interpretar. Para el tercer evento, denominado “Dejemos hablar al cuento”, reunieron a un dudoso grupo de escritores al extremo teóricos, en donde dejaron hablar a todos menos al cuento. Precisamente al abandonar este evento descubrí dos cosas: una, que en las afueras del teatro había una enorme pantalla desde donde se podía ver y escuchar mejor, y dos (lo que sería mi sustento durante esos cuatro días), la reventa de boletas.

Los optimistas suelen decir que las crisis son oportunidades, los vividores complementan la frase “Las crisis de unos son las oportunidades de otros”. En este caso, así fuera circunstancialmente, yo estaba en el bando correcto y tanto el afán esnobista como la escasez de boletas y el desinterés policivo me facilitaron las cosas. Rápidamente de entre el manojo de boletas seleccioné las que más me interesaban y el resto las dejé a merced del mejor postor. En contra de cualquier pronóstico descarté para esa misma noche la conversación entre Marianne Ponsford y Hanif Kureishi por lo burdas que suelen ser las traducciones simultáneas, en cambio conservé para mí las conversaciones entre Oscar Collazos y Enrique Vila-Matas y entre Héctor Abad y Javier Cercas, y una denominada “La gala final” en la que al parecer los escritores asistentes compartirían con el público sus libros favoritos. Había pensado guardar una titulada “Hablemos de poesía” en la que se anunciaba participaría el gran poeta venezolano (premio Octavio Paz) Eugenio Montejo. Uno de mis objetivos definidos dentro del festival era conseguir, a petición de la revista Letralia, una entrevista con el viejo poeta, de quien sin saber conocía de memoria un poema recitado por Sean Penn en la película 21 gramos: “La tierra giró para acercarnos, / giró sobre sí misma y en nosotros, / hasta juntarnos por fin en este sueño”. Pero la tierra no giró esta vez o giró en sentido equivocado y Eugenio Montejo enfermó y se quedó en Venezuela, y en cuanto me enteré de esto, con rabia, me deshice de esta última boleta también.

Recaudé antes de lo previsto una buena cantidad de dinero y pensaba con éste comer alguna cosa y dotarme de algunos libros, pero algunas veces, sobre todo a ciertas horas de la noche, sobre todo ciertos días, la sed de cerveza se hace más fuerte que la sed de lecturas y el hambre, y, entre las puertas de las fiestas privadas a las que no fuimos invitados y los bares tropicales, mi pequeña fortuna, una cerveza tras otra, se fue desgajando. La ciudad amurallada estaba de fiesta y por las calles merodeaban algunos escritores menores y un torrente de periodistas y asistentes del Hay Festival, casi en cualquier esquina o en la barra de cualquier bar, como a la salida del teatro o en uno de los pasadizos del claustro, la gente se te acercaba a preguntar: “¿Has visto a Gabo?” o “¿Viste a Gabo?” o “Ese era Gabo, ¿cierto?” y yo por supuesto no había visto ni quería ver al tal Gabo.

Al día siguiente la segunda presentación de Vila-Matas, al menos para mis expectativas, fue un desastre. Esta vez se mostró como un ser extraño, tímido y hermético, por momentos balbuceante; anunció que quería cambiar la imagen que había dejado el día anterior y leyó de un tajo un poema completo de Fernando Pessoa y luego se enfrascó junto con Collazos en una absurda discusión en la que uno (Collazos) acusaba al otro de ser un ser blindado y el otro, algo blindado, se defendía diciendo que era tan normal como cualquier otro. Como se presentaron las cosas, así suene a rima boba, lo mejor del festival fue tener de cerca la presencia y la obra de Javier Cercas. En una charla amena con un Héctor Abad bajito, alejado de cualquier intención de protagonismo, Cercas el autor de ese fenómeno editorial llamado Soldados de Salamina, expuso con coherencia y sencillez algunos de los pilares de su vida y obra y luego se fue directo al aeropuerto tan callado como había venido.

Para la gala final las estrellas del evento se habían marchado y el telón del Teatro Heredia se abrió dejando al descubierto un disminuido panel de escritores en donde resaltaban Fernando Savater, Roberto Fontanarosa, Laura Restrepo y Oscar Collazos, al final mediante quién sabe qué secreto artilugio Roberto Fontanarosa fue elegido como el escritor del festival y premiado con una primera edición en inglés de dos tomos de la obra de Charles Dickens. La jornada concluyó con un desenfrenado y colorido desfile del carnaval de Barranquilla, que se fue alejando del teatro entre la algarabía y una alharaca de flautas y tambores.

Horas después, cuando todavía la ciudad bailaba, mientras deglutía sentado en la banca de una plaza un mendrugo de pan y una gaseosa comprados con mis últimas reservas, un grupo de sujetos entusiastas se acercó a mí para invitarme: “Hay una fiesta donde va a estar Gabo y están dejando entrar a los estudiantes”, me dijeron. “¿No vienes?”. “No, yo voy a otra fiesta”, les contesté cansado, pensando seriamente en el largo camino que aún me separaba de casa, en la frialdad de mi cuarto vacío y en aquel oportuno poema de Roberto Juarroz que hacía seis meses había colgado en mi puerta y en mis sesos:
      A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío
Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.
PD. Dos días después (mientras leía las últimas páginas de Bartleby y compañía) en la televisión nacional se presentó un programa en donde le hacían una entrevista a Enrique Vila-Matas. Esta vez era un tipo normal, agradable, casi dulce. En la entrevista decía que era el socio número 4.000 del Barcelona Fútbol Club, que deseaba fervientemente que el Real Madrid perdiera dieciocho partidos seguidos, que de sus libros los que más despreciaba eran los que habían tenido éxito (Bartleby y compañía, para ser exactos), comentó sus años de servicio militar en el norte de África y cuando en París fue inquilino de Margarita Duras, finalmente dijo que lo bueno de este festival era que le daba la oportunidad a la gente común de acercarse a la literatura y a los escritores que también son tipos comunes, y dijo que estos eventos ayudaban a difundir la cultura pero que ser culto no hacía mejor ni más humano a nadie, que ahí estaba de ejemplo la plana mayor de los nazis que escuchaban a Bach y a Mozart, pero que aun así lo que más odiaba en la vida era la incultura.




Jorge Zavaleta Balarezo
Escritor, crítico de cine y periodista peruano (Trujillo, 1968). Es doctor (Ph.D.) en literatura latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh (Estados Unidos). Además, tiene estudios de literatura, periodismo, cine, publicidad y análisis político en la Pontificia Universidad Católica de Lima (PUCP) y en el Instituto Idea, de Caracas (Venezuela). Su obra creativa incluye la novela Católicas (1998) y una colección aún inédita de cuentos. Ha publicado ensayos y reseñas en revistas académicas como Mester, Variaciones Borges, Revista Iberoamericana, Nomenclatura y Visions of Latin America. Su carrera periodística en Lima y América Latina incluye artículos en diarios, revistas y agencias de noticias como Argenpress (Argentina), Notimex(México) y DPA (Alemania). En 1998 participó en el volumen colectivo Literatura peruana hoy: crisis y creación, editado por la Universidad Católica de Eichstätt (Alemania), con el ensayo “El cine en el Perú: ¿la luz al final del túnel?”.

Cofundador de Papel de Arbol
Enero 1991-Lima-Perú
Enero 2017... EEUU, Universidad Pittsburgh-PA-Emmitsburg.MD
Asociado a Diario16Madrid. El Mercurio Digital  Net España.  Panoramical  de Milan y Tandil news  Bs.As.
papeldearbol@gmail.com
jorgez.1944@yahoo.es

viernes, 14 de junio de 2019

LUIS PARDO EL BANDOLERO VIGENTE por Jorge Zavaleta ALEGRE


   https://www.youtube.com/watch?v=9lyulhIPt8M