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¿De qué sirven los 20? Hay que preguntarle a la santa patrona de la juventud
Meg Jay, psicóloga clínica y autora del libro de culto “La década decisiva”, reconoce que es confuso saber qué hacer con tu vida, sobre todo cuando tienes 20. Pero también dice que los jóvenes tienen que esforzarse por averiguarlo pronto.
Meg Jay, psicóloga clínica, es la autora de The Defining Decade, un libro sobre los desafíos que enfrentan las personas de 20 años.Credit...Hiroko Masuike/The New York Times
Emma Goldberg, 20 de mayo de 2023
Imagina que te lanzan al océano. No hay tierra a la vista. Estás flotando, tus brazos son como espaguetis y todo lo que ves es azul. Tienes la sensación de que así podría ser para siempre: tú contra la corriente.
Es un poco dramático. Pero es una de las metáforas que la psicóloga clínica Meg Jay ha compartido para describir los 20 años en su libro de culto La década decisiva, y es la metáfora que desencadena vez tras vez la respuesta más explosiva de los lectores. Decenas de veinteañeros le han enviado correos electrónicos en los que hacen referencia a la metáfora del océano: “¡Sí!”. Se identifican porque ellos también se sienten a la deriva.
A los veinteañeros no les faltan los consejos profesionales. Les dicen que se apresuren, se apresuren, se apresuren y que se relajen; les dicen que sus relojes profesionales están en marcha, y también que los 30 son los nuevos 20 y que tienen todo el tiempo del mundo.
En medio de ese pantano surgió el libro de Jay, publicado por primera vez en 2012 y que desde entonces ha vendido más de 500.000 ejemplares y ha generado clubes de lectura, patrocinios en TikTok y un fervoroso grupo de seguidores. Sus consejos se sitúan entre el consuelo y el amor aleccionador: empieza a planear el futuro, pero no te asustes. Cuando publicó una nueva edición en 2021, Jay se dio cuenta de que el alcance de La década decisiva continúa expandiéndose, pues responde a la confusión de los veinteañeros a la que ahora se añaden las presiones de las redes sociales y la inestabilidad de la pandemia. (Los padres también lo reciben con gusto; Jay a veces oye decir a las madres que lo único que pidieron en el Día de las Madres fue que sus hijos leyeran su libro).
Jay se ha convertido en la santa patrona de los jóvenes que se esfuerzan, una figura profética para una generación de jóvenes sepultada bajo mensajes contradictorios. En la televisión, les dicen que podrían ser ricos al nivel de las Kardashian si lo intentaran; en Instagram, les dicen que deberían estar de vacaciones en Sicilia; en TikTok, les explican cómo es una rutina de jefa estilo #Girlboss, y en las letras de las canciones de Beyoncé, les dicen que todos sus colegas están renunciando a sus trabajos.
Los graduados universitarios de este año tienen razones adicionales para sentir incertidumbre, dada la agitación en el mercado laboral y las olas de despidos en todo el sector tecnológico. En una encuesta realizada por Handshake, un sitio web de búsqueda de empleo para estudiantes universitarios, a 1432 solicitantes, las palabras más utilizadas por los miembros de la generación 2023 y otros recién licenciados para describir sus sentimientos sobre la economía fueron “ansiedad”, “preocupación” y “nervios”. Están pisando los talones a los milénials, conocidos por pasarse los 20 años saltando de un puesto de trabajo a otro y aterrizando en diversos empleos durante menos de tres años. El libro de Jay combina la simpatía por la confusión de los jóvenes con un gentil empujoncito.
“Su objetivo es crear cierto ímpetu de urgencia”, afirmó Jay, de 53 años, con un mensaje aleccionador matizado por un cálido acento sureño. “Cuando creemos que tenemos todo el tiempo del mundo para hacer algo, no hacemos nada. Eso se ve en todo aspecto, desde saber qué carrera emprenderemos hasta lavar la ropa”.
La sensación de urgencia que genera hace que Jay no solo reciba cartas de admiradores, sino también cartas de angustia de sus lectores. “Me mandan correos y me dicen: ‘Lo leí a los 22 años y lo lancé al otro lado de mi habitación’”, relató Jay. “Depende”.
Por un lado, el estadounidense promedio no se casa sino hasta los 30 años y puede cambiar de trabajo cada 30 meses; por otro lado, es probable que tenga una deuda estudiantil de casi 40.000 dólares. Eso puede dejar a la gente con una sensación simultánea de ganas de explorar el mundo pero también de pánico.
Sarah Liddy, de 25 años, y Audrey Flowers, de 24, son dos de las super admiradoras de Jay, jóvenes confundidas que hace poco decidieron empezar un pódcast para hablar de la confusión juvenil. Lo llamaron Completely Clueless, con una grosería añadida en medio para darle más impacto.
En la escuela, tanto Liddy como Flowers soñaban con ser actrices. (Liddy debutó como la señora Potts, la tetera en La Bella y la Bestia). Estudiaron teatro musical y se graduaron de la universidad durante la pandemia, cuando las audiciones eran casi inexistentes. Flowers trabajaba hasta hace poco en una tienda Lululemon de Nueva York y Liddy como niñera.
“Las últimas dos semanas de mi vida han sido un fracaso absoluto, una L”, dijo Liddy en un episodio reciente del pódcast, llamado “Charla de los 20”, usando la jerga para la palabra “loss”, que significa pérdida en inglés. “Grandes L ‘s se están dando en mi vida”.
Audrey Flowers, left, and Sarah Liddy at WTF Studio, where they record their podcast, in New York.
Audrey Flowers, a la izquierda, y Sarah Liddy en WTF Studio en Nueva York, donde graban su pódcast sobre la confusión de los 20 años.Credit...Hiroko Masuike/The New York Times
“A veces tienes que atravesar tu era de fracaso”, respondió Flowers. “Porque una era de conquistas no significa nada si no hay una era de fracasos”.
Agregó, alentadora: “Tu era de conquistas está a la vuelta de la esquina, pequeña”.
Un miércoles de este año, Liddy y Flowers se sentaron a almorzar con Jay en Dimes Square, la microzona de Manhattan conocida por sus bares y sus jóvenes que intentan resolver sus vidas bebiendo. Las dos declararon, con vértigo, lo mucho que el consejo de Jay había significado para ellas.
La historia de Flowers y Liddy es, como tantas otras descritas en La década decisiva, particular en sus percances y al mismo tiempo ampliamente reconocible. De pequeñas, sus profesores les decían que tenían lo que hacía falta para alcanzar el estrellato teatral; Liddy recuerda la sensación de que toda su ciudad de origen pensaba que ella acabaría en Broadway. En la universidad, se lanzaron a las audiciones. Entonces, llegó la covid y trastocó sus planes profesionales. Las dos presentadoras del pódcast se identificaron con las descripciones de Jay sobre su desarraigo.
“¡El océano!”, dijo Jay.
“Se lo he dicho a mi terapeuta muchas veces”, comentó Flowers.
“Desde que nos graduamos, ambas hemos pasado por periodos en los que nos hemos sentido muy estancadas”, añadió Liddy. “Ojalá pudiera volver a ser mi antigua yo: esa chica que se definía por trabajar de manera ardua: ‘Va a ser una estrella’”.
Había 50 millones de veinteañeros en Estados Unidos, alrededor del 15 por ciento de la población, cuando se publicó La década decisiva. Esa cohorte está experimentando una etapa de vida que Jay describe como un fenómeno moderno. Durante gran parte de la historia, la gente no pasaba una década entera entre dejar la casa de sus padres y formar sus propias familias. Sentaban cabeza pronto: se mudaban a sus propias casas, encontraban trabajo, tenían hijos.
Sin embargo, una confluencia de fuerzas económicas y sociales ha hecho que las personas ahora tengan un periodo más largo entre la infancia y la edad adulta plena. Una de las razones es el control de la natalidad. A medida que los anticonceptivos orales se hicieron más accesibles en las décadas de 1960 y 1970, las mujeres pudieron retrasar la decisión de formar una familia y su participación en la población activa se disparó por encima del 50 por ciento.
También está la deuda estudiantil, que ha llevado a muchos recién graduados de la universidad a mudarse a casa de sus padres. Además, puesto que la afiliación religiosa ha disminuido, más de la mitad de los estadounidenses ahora se forman una idea de sí mismos a través del trabajo, lo que significa que elegir una carrera no se trata solo de encontrar una fuente de sustento, sino también de identidad.
Con la postergación de la crianza de los hijos, la compra de una casa, y el aumento de los riesgos del desarrollo profesional, ha surgido una nueva fase de la vida: una de posibilidad y riesgo, euforia y dudas paralizantes. Es un momento complicado. Y Jay, examinando la sección de autoayuda en la librería Barnes & Noble un día, se dio cuenta de que si bien había muchos libros sobre cómo criar a un niño, no había tantos sobre cómo seguir criándote a ti mismo una vez que eres técnicamente un adulto, o al menos no suficientes libros con el tipo de consejos mesurados que pensaba que los jóvenes merecían.
La primera edición de La década decisiva salió justo después de la crisis financiera de 2008, cuando los jóvenes se graduaban con deudas en un mercado laboral históricamente malo. La segunda edición salió durante la pandemia, cuando se graduaron en un mundo laboral de cabeza.
Cuando llegó la pandemia, Jay estaba en su propio período de cambio. Decidió dejar atrás sus cómodas rutinas y se inscribió para enseñar La década decisiva en un programa llamado Semester at Sea, en el que los estudiantes pasan meses en un crucero viajando por el mundo.
Las reuniones del club de lectura de Jay resultaron ser uno de los eventos más populares del barco. La sala siempre estaba repleta, las galletas se acabaron instantáneamente y los estudiantes vieron cómo sus compañeros de clase cambiaban sus novelas de Colleen Hoover por La década decisiva.
“Cuando habla con los jóvenes, transmite la sensación de que está de tu lado, animándote, pero también de que te llamará la atención sobre las cosas que no estás haciendo”, dijo Athena Bo, de 23 años, participante de Semester at Sea. “Muchas personas pasaban por la sala y decían cosas como, ‘Maldita sea, esa sala está llena’. ‘Maldita sea, Meg Jay es súper famosa’”.
Para Bo leer La década decisiva fortaleció las lecciones que había aprendido de su padre al crecer: “El ejemplo que siempre recuerdo es cuando fui a McDonald’s, él decía: ‘Si quieres nuggets de pollo,’ vas a tener que pedirlo tú misma’. Me sostenía y me decía: ‘Tienes que pedir los nuggets de pollo’”.
Obviamente, los nuggets de pollo eran una solicitud de bajo riesgo. Una década más tarde, Bo está aprendiendo, de Jay, a pedir más: un trabajo, por ejemplo, y una relación.
Mientras Jay actualizaba el libro en 2020, recibía decenas de correos electrónicos de lectores. Algunos le decían que sentían que la pandemia les había robado la década que los definía y los había privado de la motivación y las oportunidades para ir tras sus metas. Otros decían que, como estaban encerrados en casa, por fin tenían tiempo de leer el libro.
Los veinteañeros experimentaban el malestar que Jay había descrito durante la última década, pero intensificado por el aislamiento a causa de la covid. Jahleane Dolne, de 25 años, seguidora en TikTok de La década decisiva, buscaba trabajo desde casa de sus padres, navegaba por LinkedIn sentada junto a su uniforme de animadora de la preparatoria y su vestido de graduación. Jasmine Yook, de 30 años, que también ha publicado en TikTok sobre el libro, releyó el libro de Jay a los 29 y reflexionó sobre las diferencias entre dónde quería estar en su carrera de moda y dónde había aterrizado.
Jay respondió a esos lectores con ánimo de entrenador de fútbol. “Esta es su Gran Depresión”, dijo. “Esta es su recesión. Esta es su adversidad generacional, ¿y qué hicieron? ¿Cómo respondieron? Decir: ‘Bueno, me armé de valor y empecé a grabar un pódcast’ o ‘Leí 50 libros que dije que iba a leer’ es una metáfora o un ejemplo de cómo respondes cuando la vida se pone difícil”.
Y aunque muchos de sus consejos pueden sonar intimidantes, no está en contra de ofrecer atajos. “Estás preguntando por fórmulas”, dice Jay durante el almuerzo, después de una discusión sobre el equilibrio entre buscar la alegría ahora y trabajar de manera ardua para sentar las bases de la alegría en los años venideros. “En realidad, hay una fórmula muy poco precisa”.
Todos los comensales se inclinaron hacia delante para escuchar.
“Las personas de éxito dicen que pasan la mitad de su tiempo pensando en el presente, en qué me hará sentir feliz y tener éxito ahora, y la otra mitad pensando en el futuro”, continuó Jay. “Si alguien me preguntara por una fórmula, cómo equilibrar entre ser feliz a los 20 años y ser feliz después, diría que quizá se trata de la mitad y la mitad”.
Al otro lado de una fuente de papas fritas, Liddy y Flowers asintieron sabiamente. El consejo era más un rayo de esperanza que una panacea. Había sabiduría a la que podían aferrarse. En algún lugar, en la distancia, había una tierra prometida o al menos, sus 30 años.
Emma Goldberg escribe sobre el futuro del trabajo para la sección Negocios. @emmabgo
Naufragios: Cabeza de Vaca, narrador de aventuras
Jorge Zavaleta Balarezo
La Relación de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, conocida hoy con el nombre de Naufragios, ha llevado a varios estudiosos del texto y el personaje a abordarlos desde diversas perspectivas. Siguiendo el que, de alguna manera, se puede considerar un cierto itinerario en medio de la odisea de Cabeza de Vaca, Jacques Lafaye, por ejemplo, se refiere a las “curaciones milagrosas” (que comienzan en el capítulo XXI y se extienden casi hasta el final del libro), David Lagmanovich estudia su “calidad”, estructuras y estrategias narrativas, Robert E. Lewis entiende el “fracaso” de la expedición en que participa como una necesidad para hablar, es decir escribir la Relación.
La odisea, el extravío y el reencuentro con sus compañeros españoles y cristianos por parte del protagonista de los hechos son narrados en los Naufragios de una forma tal que llama al asombro del lector. Por otro lado, son claras las intenciones del autor en busca de recibir favores de la Corona (la Relación, por supuesto, está dirigida al rey de España). A su vez, el texto mantiene una indudable naturaleza “providencialista” y destaca la personalidad e inquietud mesiánicas del autor-narrador-personaje principal.
Desde hace algunos años, también, se plantea la discusión sobre la naturaleza histórica o literaria del libro. Si lo aceptamos como literario, entenderemos la peculiar crónica que representa una fase y un aspecto de la Conquista, y si creemos que es una narración histórica, lo tomaremos como un documento fundacional en la escritura del Nuevo Mundo, a la manera de los Diarios de Cristóbal Colón o las Cartas de Relación de Hernán Cortés.
Lagmanovich, al estudiar el texto desde el punto de vista literario, considera, entre otros aspectos, una “narración personal autobiográfica” —en la cual el autor organiza, coherentemente, recuerdos y anécdotas de casi una década—, una “relación de servicios”, que no desacredite al autor-protagonista, y una “noticia verdadera” de tierras desconocidas (Glantz 79-80). En pos de, diríamos nosotros, “comprender lo increíble”.
Cabeza de Vaca formó parte de la expedición dirigida por Pánfilo de Narváez que pretendía conquistar la Florida (1527). Como sabemos, Narváez es el mismo personaje vinculado a Cortés, a quien persigue, durante los momentos previos a la conquista de México. En los Naufragios, al producirse la primera crisis y separación de los expedicionarios, se advierte un carácter un tanto conflictivo en Narváez. En el capítulo X, Cabeza de Vaca refiere sobre aquél: “Él me respondió que ya no era tiempo de mandar unos a otros; que cada uno hiciese lo que mejor le pareciese que era para salvar la vida...” (114). En general, la opinión del autor sobre este gobernador no es positiva y, llegado un momento, se entera de su desaparición.
Los Naufragios se convierten en un valioso testimonio —crónica, en el fondo y en el estilo— que aluden, desde su propio nombre, a las aventuras y peripecias de Cabeza de Vaca, él pasa más de ocho años, primero extraviado, luego en cautiverio (capturado y controlado por los indígenas) y finalmente se convierte en un curandero con características mesiánicas, a quien los naturales siguen como en un peregrinaje casi permanente.
Cabeza de Vaca habla, él mismo, de su habilidad en las curaciones, a tal punto que estudiosos como Nancy Hamilton lo han considerado “el primer cirujano de Texas”. Margo Glantz señala: “Núñez recorrió un vasto territorio habitado por innúmeras culturas indígenas, ya desaparecidas (el sur del actual territorio de los Estados Unidos y el norte de la Nueva España, hoy México) y hasta se ha llegado a insinuar que es el primer chicano (Bruce-Novoa) (9).
Siguiendo esta alusión al primer mestizaje, leemos en el capítulo XXI de la Relación: “Acontecía muchas veces que las mujeres que con nosotros iban parían algunas, y luego en naciendo nos traían la criatura a que la santiguásemos y tocásemos” (195).
Nos referimos, en este trabajo, a Cabeza de Vaca como narrador de aventuras. Silvia Molloy se expresa sobre los Naufragios de un modo similar: “...el texto de Álvar Núñez crea la aventura narrándola” (Glantz 219). Y es cierto. Cada hecho que se presenta, sin duda se narra años después de ocurrido con una premeditación que no quiere negar la veracidad de los acontecimientos, pero suma a ella una relevante vertiente imaginativa, y, en varias ocasiones, con tendencia a sobredimensionar las situaciones.
En efecto, lo sucedido es una aventura, una odisea. El tránsito que va desde el extravío hasta el reencuentro, con la condición de prisionero en medio de ambos polos, merece el justo título de un “naufragio”, en tanto pérdida, desapego. Pero cuando, a partir del capítulo XXI encontramos al protagonista —y a sus constantes compañeros: Alonso de Castillo, Andrés Dorantes y Estebanico— el naufragio cobra otro cariz.
Después de varios años, viviendo desnudo y como un “salvaje”, prisionero de los indios, a punto de morir por hambre o enfermedad, Cabeza de Vaca providencialmente halla la oportunidad de probar sus dotes como curandero y comprobar que esa cualidad puede cambiar su destino, como de hecho ocurre.
Este es el revés del naufragio y la proximidad de la providencia. Sin embargo, hay un tono un tanto desolador en la obra por varios momentos, incluso cerca al final se habla de las naves que no podían hacerse a la mar, fracasando en el intento, ya cuando el personaje principal emprende, por fin, el regreso a Castilla.
Texto rico, metafórico, interpretado, según sea el caso, como una divertida crónica o, desde un punto de vista más ideológico, como una presentación de las virtudes y defectos de los indígenas americanos, que podrían ser tan crueles como los conquistadores, los Naufragios representan, asimismo, una posición, por parte del autor, que precede al discurso del padre Las Casas, en tanto se asume la defensa de ciertos valores de los nativos del Nuevo Mundo. Pero, al mismo tiempo, Cabeza de Vaca tiene una visión ambigua del indígena en tanto bárbaro y salvaje. Describe sus costumbres, sus enfrentamientos, a veces armados, y lo más llamativo, en este sentido, es la cantidad de pueblos o tribus, a veces demasiado “extraños”, por las actitudes de sus pobladores, que él va conociendo o “descubriendo”.
En diversas secciones del texto, el autor se refiere al carácter y acciones de los indígenas. Por ejemplo, da esta descripción en el capítulo XIV: “La gente que allí hallamos son grandes y bien dispuestos; no tienen otras armas sino flechas y arcos en que son por extremo diestros. (...) Las mujeres son para mucho trabajo” (126).
Otra perspectiva se apunta en el capítulo XVIII: “Desde que amanece comienzan a cavar y a traer leña y agua a sus casas y dar orden en las otras cosas de que tienen necesidad. Los más de éstos son grandes ladrones, porque aunque entre sí son bien partidos, en volviendo uno la cabeza, su hijo mismo o su padre le toma lo que puede. Mienten muy mucho, y son grandes borrachos, y para esto beben ellos una cierta cosa” (145).
La aventura a la que aludimos también ha sido comparada con la del clásico Robinson Crusoe, de Defoe. Pero no olvidemos que, ante todo, estamos frente una Relación de la época de la conquista, y el modelo y la intencionalidad de este tipo de composición es conseguir el favor del rey de España. Hay, es bueno decirlo, una interesante “vuelta de tuerca”, en el contexto de las Relaciones, si las entendemos y estudiamos como un género, porque Cabeza de Vaca asume una posición y un tono muy personales y confiesa sus vivencias, las vicisitudes y dificultades por las que pasa. Mas nunca, a pesar de lo negativo y lo trágico, lo ominoso o lo sangriento (como el canibalismo de los españoles en el capítulo XIV), se deja de lado la presencia divina y el rol de la religión católica.
Es precisamente este papel y el propio rol de evangelizador que se propone —o al menos así lo presenta— Cabeza De Vaca, los que marcan uno de los hilos discursivos en esta narración autobiográfica. El ritmo del relato es ameno y cobra diversos matices, a veces se acelera, como en el momento en que los cristianos se convierten en curanderos y luego su fama se extiende, pero a ello suceden actos de pillaje y violencia entre los pueblos indígenas. Un cierto tono épico asoma en esta “cruzada”.
El aventurero narra sus propias peripecias, sus desgracias y “renacimientos”. Siempre su fe lo salva y, nunca piensa que está en el lugar ideal, por lo menos se felicita por conservar su vida. Es consciente de ello, y de la fatalidad que, de un momento a otro puede surgir en la existencia humana. Los Naufragios son esencialmente de naturaleza providencialista pero también denotan la importancia e influencia del destino y lo casual: la suerte, la fortuna cambian de la manera más inesperada. Aquí se presentan, pues, dos polos, que en un intercambio pueden generar ambigüedad, una característica, por cierto, nada ajena a los Naufragios. Se menciona, en ese mismo sentido, el carácter tan ficcional, en tanto “no verdad”, de esta obra fundacional en las primeras composiciones sobre el Nuevo Mundo.
Es importante señalar, en la visión que el español tiene del indígena, cómo capta el primero la naturaleza del otro, cómo la entiende y la codifica. Esa “otredad”, que ha fascinado como discurso a varios estudiosos del tema, es una de las fibras más sensibles de los Naufragios. Porque Cabeza de Vaca, precisamente, convive, con el “otro” y puede dar testimonio de sus costumbres, de cómo actúa. Es más, su condición de subordinado, mientras dura el cautiverio, es una lectura, una situación “a la inversa” o “no oficial” inclusive “sui generis” de la Conquista, pues curiosa y precisamente el llamado a explorar y conquistar es sojuzgado y tomado prisionero. El naufragio de su vida precisamente lo ha llevado a esa condición. Esa experiencia es la base del texto.
Justamente para Beatriz Pastor, los Naufragios, en tanto relato desmitificador, en comparación con los Diarios de Colón o la Quinta Carta de Relación de Cortés, con los que forma un corpus de textos de la época, integra a su vez “el discurso narrativo del fracaso” (Glantz 89). Para Pastor en los Naufragios hay una “transformación de la acción heroica de la conquista en lucha desesperada por la supervivencia” (Glantz 91). Rolena Adorno, en la misma línea, señala que la narración de Cabeza de Vaca “reproduce un incipiente proceso de adaptación cultural y, en consecuencia, de supervivencia física” (Glantz 311).
Luisa Pranzetti entiende el naufragio como “metáfora” que “subraya la frontera entre una cultura organizada (el espacio de procedencia) y una cultura desorganizada (el espacio de conquista), donde la superación de esa frontera constituye el paso de un estado social a un estado de naturaleza” (Glantz 60).
Una vez que se reencuentra con los “cristianos”, tras los años extraviados (capítulo XXXIII), Cabeza de Vaca dialoga con el gobernador de Nueva Galicia, tierra ya conquistada, Nuño de Guzmán, y se entera de que los indios están siguiendo las instrucciones de construir iglesias y dar alojamiento al visitante. Esto le parece increíble, casi un “milagro”, pero también sugerente. Y podemos entender que la pretendida evangelización es un éxito. El papel de curandero o chamán que, desde cierto momento de la narración (el aludido capítulo XXI), desempeña Cabeza de Vaca, lo convierte en un líder sobre el que se dan noticias en uno y otro pueblo. En ningún momento, sin embargo, la intención de ser un conquistador ha pasado a un segundo plano, sino que se expresa de otra forma. Es una conquista del espíritu, por la religión, la creencia. Subyace un pesar, pues el protagonista no tiene el poder consigo, pero logra la sublimación de sus deseos aprovechando este proceso religioso. Él mismo se nos presenta como un mártir, quiere que lo veamos así. Si aceptamos su propuesta —si entramos en su capcioso juego—, es definitivamente otra la caracterización y la dimensión de Cabeza de Vaca, más allá del personaje histórico sino como propio “autor de ficciones”.
En 1991, el mexicano Nicolás Echevarría llevó al cine una versión de los Naufragios con el título de Cabeza de Vaca. La película, producida con motivo del Quinto Centenario del llamado “Encuentro de dos mundos” condensa los pasajes más relevantes de este “texto seminal”, como lo llama Enrique Pupo-Walker, y asume una doble perspectiva del protagonista, precisamente las que aluden Pastor y Adorno: la del superviviente y la del conquistador despojado de todo mito. Esta cinta, sin embargo, no deja de tener un halo de “real maravilloso” en sus inesperados raccontos y flashbacks que, si bien tratan de “ubicar” al espectador, pueden generar, a su vez, otra imagen, no ya la que presenta el texto, del propio Cabeza de Vaca. Y ello resulta obvio porque estamos ante dos lenguajes distintos, el del cine y la literatura que, sin proponérselo en un principio, resultan hoy conectados pues generalmente una nutre al otro y, a veces, ocurre de manera inversa.
A propósito del cine, bien se ha dicho que los Naufragios son, en cierto modo, el guión ideal para una película por sus incesantes vaivenes y devaneos. El español, quien después de su aventura norteamericana fuera nombrado por la Corona Adelantado, Gobernador y Capitán General del Río de la Plata, más tarde vuelve a naufragar frente a las costas del Brasil, explora los territorios del Paraguay, se establece en la actual ciudad de Asunción y descubre las cataratas del Iguazú. La etapa final de su vida, tras algunos años en la cárcel por supuestos abusos durante su gestión política y administrativa, está rodeada de un misterio que aún hoy busca aclaración.
Bibliografía
Glantz, Margo, coord. Notas y comentarios sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Grijalbo: México D.F., 1993.
Núñez Cabeza de Vaca, Álvar. Naufragios. Edición de Juan Francisco Maura. Madrid: Cátedra, 1998.
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Escritor, crítico de cine y periodista peruano (Trujillo, 1968). Es doctor (Ph.D.) en literatura latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh (Estados Unidos). Además, tiene estudios de literatura, periodismo, cine, publicidad y análisis político en la Pontificia Universidad Católica de Lima (PUCP) y el Taller Robles Godoy. Su obra creativa incluye la novela Católicas (1998) y una colección aún inédita de cuentos. Ha publicado ensayos y reseñas en revistas académicas como Mester, Variaciones Borges, Revista Iberoamericana, Nomenclatura, Visions of Latin America y Catedral Tomada. Su carrera periodística incluye artículos y crónicas en diarios, revistas y agencias de noticias como Gestión, Butaca, Voces (Perú), Argenpress (Argentina), Notimex (México) y DPA (Alemania). En 1998 participó en el volumen colectivo Literatura peruana hoy: crisis y creación, editado por la Universidad Católica de Eichstätt (Alemania), con el ensayo “El cine en el Perú: ¿la luz al final del túnel?”. Sus textos publicados antes de 2015 108 • 112 • 116 • 120 • 123 • 127 • 133 • 138 • 143 • 175 • 261 • 288 Editorial Letralia: Q. En un lugar de las letras (coautor) Editorial Letralia: Residencia en la Tierra de Letras (coautor)
Papel de Arbol
Fundadores July Balarezo, Historiadora egresada Taller Mestres Lima-Barcelona. Jorge Zavaleta Balarezo PhD en Literatura y Cine Iberoamercano por Universidad de Pittsburgh, PA.
Desde 2017 se Edita en MD, EEUU.
Julia Zavaleta Camerieri, Psicologa y Master St Mary University of Pittsburgh, PA, / Jorge E. Zavaleta Alegre, Corresponsal para medios de Madrid, Italia y Bruselas.
La importancia de los datos en las industrias culturales y creativas
March 21, 2023 por Eliana Prada - Martin Inthamoussu
Los datos son importantes para las industrias culturales porque permiten a los tomadores de decisiones comprender mejor el impacto económico y social de sus actividades. Los datos ayudan a identificar oportunidades y amenazas para el sector creativo y sirven como insumo para la toma de decisiones estratégicas.
Las industrias culturales y creativas son un motor clave del desarrollo económico y social de nuestra región. Representan alrededor del 3.1% de la economía mundial y contribuyen con más de 524 millones de dólares en exportaciones, mientras que la exportación de servicios creativos alcanzó 1,1 billones de dólares. Las industrias creativas representan, además, el 6,2% del empleo global. La UNCTAD estima que, en 2020, los bienes y servicios creativos representaron el 3% y el 21% del total de las exportaciones de mercancías y servicios, respectivamente.
Con las enseñanzas transitadas por la pandemia, y aún en plena curva de aprendizaje, el ecosistema creativo se ha vuelto cada vez más competitivo. Las industrias creativas se encuentran con mayor necesidad de acceder a los beneficios de las nuevas tecnologías para ser más innovadoras, eficientes y receptivas a sus audiencias y consumidores. Además de proporcionar nuevas oportunidades de colaboración entre organizaciones de todo el sector, incluidos organismos públicos como las autoridades locales, el análisis de datos también permite a las organizaciones individuales comprender mejor los comportamientos del sector creativo desde distintos puntos de vista.
A pesar de que en los últimos años se ha hablado mucho sobre la importancia de los datos en las industrias culturales y creativas, todavía existen algunos sectores que no han sabido sacarles el máximo provecho y están perdiéndose oportunidades inimaginables a la luz de las tecnologías disponibles. El pasado viernes 24 de febrero, organizamos desde la Unidad de Creatividad y Cultura del BID un diálogo junto a Magdalena Moreno de IFACCA y Sunil Iyengar de National Endowment for the Arts para analizar qué papel juegan los datos en la economía creativa y cómo están cambiando la forma en que estas industrias funcionan en la región generando empleo e inclusión social.
Los datos y la cultura
El uso de hechos, métricas y datos para guiar las decisiones estratégicas que se alinean con las metas, objetivos e iniciativas es clave para la toma de decisiones basada en datos. Cuando las organizaciones culturales se dan cuenta del valor total de sus datos, se toman mejores decisiones. Sin embargo, esto no se logra simplemente eligiendo la tecnología analítica adecuada para identificar la próxima oportunidad estratégica. Hay que saber también cómo procesar esos datos y transformarlos en acción que eventualmente logre incidir en la formulación de políticas públicas para promover el ecosistema creativo de nuestra región.
Los datos son cada vez más importantes para la economía creativa en su totalidad, pero en particular para los sectores creativos como el audiovisual y la industria fonográfica. Los datos existentes ofrecen a estas industrias información específica sobre sus públicos, géneros y tendencias populares, dónde las audiencias son vistas como prosumidores[1] y no meros compradores de entradas.
Esta información también nos sirve para identificar cuáles son los contenidos que no conocen, porque aún no han tenido acceso a ellos, y así poder diseñar estrategias relevantes de introducción y desarrollo de audiencias, así como políticas publicas efectivas y eficientes.
Magdalena Moreno considera que es crítico que las organizaciones tengan acceso a datos para conocer a sus destinatarios para poder argumentar con criterio y evidencia.
La “big data” también se puede utilizar para predecir las tendencias en el mercado para que la oferta pueda responder rápidamente si ven que se abre una nueva oportunidad o una tendencia existente que cambia de dirección. Por ejemplo, la big data podría alertarlo si hay un aumento repentino en la demanda de libros sobre su tema; entonces sabría que pronto puede haber una mayor demanda de sus servicios porque más personas leerán sobre el mismo. Esto no significa en absoluto que el mercado cultural empiece a crear solo a niveles que indica la demanda. Por el contrario, los datos nos ayudan a identificar las oportunidades de crecimiento para nuestra propia voz artística. El arte y la creación siempre están en el centro, los datos ayudan a tomar decisiones que sean sustentadas en lo que la realidad nos indica.
Del mismo modo, también ayuda en las decisiones de marketing y comunicación para las industrias culturales, orientándolas hacia su público objetivo, la plataforma ideal para el acceso y los métodos de promoción más efectivos. Es un gran desafío proveer de recomendaciones si no se dispone de datos accesibles o los que están son inconsistentes. Morena plantea que en su trabajo para UNESCO se encontró con la situación de ausencia de datos que no permitía que su labora fuera del todo consistente. También, en sus descubrimientos, plantea que hay sectores mas desarrollados en torno a este tema, como el audiovisual, en comparación con otros como el de las artes visuales.
Sunil Iyengar plantea ejemplos concretos de datos que los han ayudado a desarrollar algunas políticas especiales dentro del National Endowment for the Arts. Esta organización mantiene la cuenta satélite que le da datos como el aporte de las industrias creativas y culturales al PBI del país, la cantidad de trabajadores en el sector o cuanto cobran por su trabajo. No solo les ha servido para observar y hacer diagnóstico, sino para tomar decisiones estratégicas. Estos datos les han ayudado a observar como las artes y la cultura aportan el 4% de la economía del país, número superior a la agricultura, el transporte o la minería del Estados Unidos. También detectaron que hay un superávit de exportaciones de bienes y servicios culturales.
Conclusión
Cuando el dinero es público, aportado por los contribuyentes, y las decisiones no se basan en datos, simplemente se transforma en un uso irresponsable y subjetivo de recursos por parte del gobernante de turno. Los datos hablan por las audiencias y las audiencias son los contribuyentes. No se puede diseñar programas solo por una percepción, hay que argumentarlos y crear valor con esos recursos es una responsabilidad que se puede traducir en impacto económico y social, respaldando nuevas ideas con pruebas sólidas.
Aunque se incentiva cada vez más a que las ICC revisen sus modelos de negocio tradicionales a través de la incorporación del uso de datos, las barreras conceptuales y organizativas cuestionan los beneficios del análisis de datos y ralentizan su adopción, lo cual dificulta medir el impacto real de las políticas públicas.
Afortunadamente, no solo hay herramientas disponibles que pueden ayudar a superar estos obstáculos, tanto en términos de obtención de datos como de uso efectivo sino que cada vez más todos los actores del ecosistema creativo somos más concientes de la necesidad y el impacto de los datos para fortalecer estas industrias. ¡El futuro es prometedor para el análisis cultural!
Nuccio, M & Bertacchini, E, Data-driven arts and cultural organizations: opportunity or chimera?, European Planning Studies, 2021
Waller, D, 10 Steps to Creating a Data-Driven Culture, HBR, 2020
https://www.panoramical.eu/columnas/latinoamerica-sin-reyes/
https://www.elmercuriodigital.net/2023/05/latinoamerica-sin-reyes.html
PAPELDEARBOL: ¿Latinoamérica sin Reyes? The NY TIMES ABRE EL ...: ¿Latinoamérica sin Reyes? Jorge Zavaleta Alegre The New York Times, el 5 de mayo de 2021, ha publicado un artículo de Hannah Rose ...
¿Latinoamérica sin Reyes? The NY TIMES ABRE EL DIALOGO
¿Latinoamérica sin Reyes?
Jorge Zavaleta Alegre
The New York Times, el 5 de mayo de 2021, ha publicado un artículo de Hannah Rose Woods, historiadora cultural y la autora de Rule, “Nostalgia: A Backwards History of Britain”. Y los latinoamericanos explican hoy la no existencia de monarquías.
Mientras en Europa, la oligarquía había sido, diremos, ya desterrada, en nuestra América Latina empezaba a implantarse. Esto es consecuencia del vacío de poder que vivieron nuestros países luego de que se independizaran.
Por qué la mayoría de países americanos no tienen reyes. El principio de los estados americanos se ubica en 1776, con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, los cuales habían estado gobernados por la Corona Británica. EEUU tras un gran guerra contra Reino Unido, consiguió independizarse de los reyes británicos, siendo considerado como el primer país en llevar a cabo una revolución liberal, y sirviendo como ejemplo para estados posteriores.
Años más tarde, a principios del siglo XIX, comenzó el proceso de independencia de los estados latinos. Estos se enfrentaron con los que habían sido hasta ese momento sus gobernantes, los reyes españoles.
En 1809 sucedió un levantamiento popular, conocida como la Revolución de Chuquisaca, con dio inicio a la Guerra de Independencia Hispanoamericana. Esta guerra fue una serie de conflictos armados que enfrentó al Imperio Español contra sus posesiones en América latina. Pues muchas de estas regiones se declararon como estados nacionales republicanos, rompiendo con el gobierno monárquico español.
En 1824 concluyó la guerra, y la mayoría de las colonias se independizaron de España, formándose 15 nuevas naciones. Las únicas colonias que España mantuvo fueron Cuba y República Dominicana, que se independizaron en 1898 y 1844 respectivamente. A lo largo de los siglos otros estados se han ido independizando de sus respectivas monarquías, y en la gran mayoría de los estados americanos en la actualidad no tienen gran monarquía.
En la Edad Moderna surgió una ideología conocida como liberalismo, la cual se basaba en la defensa de la libertad individual, en un poder limitado del Estado y en la igualdad de todos ante la ley.
Del liberalismo surgieron las revoluciones liberales, que buscaba un cambio en la política de la Edad Moderna, siendo estas ideas las que influyeron en las revoluciones americanas.
El primer Estado americano en declararse como una república fueron los Estados Unidos. En su Declaración de Independencia hablaban del rechazo a la monarquía, y en la aprobación de una república. Esto se debía en gran parte al comportamiento que el rey inglés había tenido durante la guerra, tildándolo de tirano.
Más tarde, la ideología liberal influyó en las independencias de los estados americanos que se separaron del Imperio Español, los cuales se formaron como republicanos rompiendo con todo tipo de monarquía. La única excepción fue México que, durante unos años, tomó como forma de gobierno la monarquía llamándose el Primer Imperio Mexicano, situación que duró solo dos años.
Aunque la mayoría de estados americanos no tienen monarquía, existen pocos países gobernados por reyes (monarquías constitucionales). Estos países son la excepción: Canadá. Antigua y Barbuda. Jamaica. Granada. Belice.
Leamos a Hannah Rose Woods.
La mañana del sábado, Carlos Felipe Arturo Jorge Mountbatten-Windsor saldrá del Palacio de Buckingham en un carruaje tirado por seis caballos, hará un recorrido extenso por el centro de Londres y llegará a la Abadía de Westminster un poco antes de las 11 a. m., para una ceremonia que en gran parte se ha celebrado de la misma manera desde hace un milenio.
Dentro de la abadía, se sentará en la silla de la coronación, que tiene más de 700 años de antigüedad y que albergará, de manera temporal, un bloque de piedra arenisca escocesa conocida como la piedra del destino. En algún punto, se pondrá una túnica de 200 años de antigüedad confeccionada con tejido de oro, bordada de rosas, cardos y tréboles y forrada con seda roja. Será presentado ante la congregación, cuyos integrantes gritarán: “¡Dios salve al rey Carlos!”.
Carlos será ungido con aceite santo de una cuchara del siglo XII y se le entregará un orbe, que simboliza la autoridad proveniente de Dios, y un cetro, que representa el poder. El arzobispo de Canterbury le colocará en la cabeza la corona de San Eduardo, que tiene más de 350 años, está elaborada de oro macizo y adornada con un conjunto de rubíes, amatistas, zafiros, granates, topacios y turmalinas.
Si esta mezcla de antiguo simbolismo religioso y político le parece impenetrable al espectador promedio, es parte de la idea: cuando se trata de coronaciones británicas, el anacronismo es una característica, no un error. La monarquía del Reino Unido y el pasado del país están vinculados de manera intrínseca y una coronación le da una oportunidad a la institución de hacer un guiño a la historia con la esperanza de que la historia le haga un guiño de vuelta. Una coronación exitosa le comunica al mundo —y refleja en tantos británicos como es posible— una versión de quiénes nos gustaría creer que somos. El problema es que esta coronación ocurre en un momento en el que no está muy claro lo que creemos ser.
El Reino Unido en 2023 es un país al borde de Europa que está luchando con su pasado imperial y afrontando un futuro incierto. Desde la campaña del brexit en 2016, invocar la “grandeza” de la historia del Reino Unido —al mencionar acontecimientos o nombres como la batalla de Agincourt o Winston Churchill— se ha vuelto usual para los políticos de derecha que quieren articular una visión del futuro del Reino Unido fuera de Europa. Y quizá precisamente porque el futuro del Reino Unido fuera de Europa parece depender tanto de su pasado, hay un tono cada vez más duro e insulso en las conversaciones sobre la historia británica: un patriotismo que no admite ninguna crítica. Los intentos de volver a analizar la historia imperial del Reino Unido han sido desestimados como “tratar de dañar al Reino Unido”, promover “una agenda progre” o “sentir una gran vergüenza sobre nuestra historia”.
Al mismo tiempo, la economía del Reino Unido es una de las de más lento crecimiento en el Grupo de los Siete. Hay una “crisis del costo de vida” (niveles altos en tasas de interés, inflación y precios de energéticos). Un número histórico de familias usan bancos de alimentos y uno de cada cinco británicos vive en la pobreza.
Este es el momento complejo y polarizado al que la ceremonia del sábado debe tratar de adaptarse. Camila, la reina consorte, no portará en su corona el diamante Koh-i-Noor, que fue robado de la India durante el dominio británico y es un símbolo para muchos de hurto colonial; el aceite sagrado será vegano (sin civeta, almizcle o ámbar gris), y la ceremonia en sí será más breve y menos fastuosa, con una lista de invitados reducida, que se supone es una señal de ahorro y conciencia ambiental.
No obstante, esta coronación reducida todavía les costará millones a los contribuyentes británicos; aunque la cantidad exacta no se hará pública sino hasta después del evento, se reporta que rondará los 125 millones de dólares. Para muchos, el simple hecho de que se realice la coronación es señal de un país en negación, aferrado a una grandeza del pasado. Para otros, cualquier concesión al presente es demasiado insoportable.
“Es en particular perturbador que no se le haya solicitado al conde de Derby que proporcionara halcones, como lo ha hecho su familia desde el siglo XVI”, escribió Petronella Wyatt, una columnista en The Daily Telegraph, con aparente seriedad. “Estos pequeños detalles privan a las personas de su propósito en la vida”.
Es un acto de equilibrio delicado: despilfarrar la cantidad correcta y estar a la altura de las circunstancias; recortar de más y perder cualquier poder que tenga la ceremonia. Sin embargo, las coronaciones, como las monarquías, han tenido que evolucionar durante mucho tiempo.
Para el siglo XVIII, el Reino Unido era una monarquía constitucional en la que el equilibrio de poder había cambiado de la Corona al Parlamento. En la convulsión de la primera Revolución industrial y a medida que las monarquías europeas —incluida la opulenta corte francesa en Versalles— eran derrocadas en olas de revolución política, ceremonias como las coronaciones se volvieron una parte integral de la imagen propia de un país que podía incorporar cambios sin ruptura, que había optado por la evolución en vez de la revolución.
La coronación de Jorge IV en 1821, tras la victoria del Reino Unido en las guerras napoleónicas, fue una de las más fastuosas en la historia británica, un intento, en parte, de eclipsar a Napoleón y celebrar la supremacía británica, pero también un síntoma del despilfarro escandaloso que lo hizo tan impopular. En 1831, su sucesor, Guillermo IV, tal vez al percibir los ánimos, quiso suspender la ceremonia de coronación por completo. Al final, cedió ante la presión de sus consejeros y accedió a celebrar un festejo más sencillo sin banquete y una procesión más pequeña. Aun así, fue demasiado para algunos.
La coronación de Victoria, la sobrina de Guillermo, en 1838, tras una crisis financiera transatlántica, se vio restringida hasta el punto de ser apodada despectivamente como la “coronación del centavo”. Sin embargo, fue grande en un aspecto importante: se estima que alrededor de 400.000 británicos presenciaron la procesión de Victoria; además, hubo una feria enorme en Hyde Park y pirotecnia.
Una ceremonia que siempre había estado reservada para la nobleza comenzó a hacerse más pública. Para el siglo XX, la lista de invitados incluía a miembros de las clases media y, después, trabajadora. Para la coronación de Eduardo VII, en 1902, a los trabajadores se les concedió un día feriado para celebrar el acontecimiento (todavía lo tienen, este año es el 8 de mayo).
La coronación de Isabel II, en 1953, tras años de racionamiento y austeridad en la posguerra y con el Imperio británico ya en decadencia, trató de proyectar la imagen de un país que todavía era una potencia mundial al invitar a representantes de las colonias y dominios británicos. Sin embargo, para el jubileo de platino el verano pasado, no fue festejada como la cabeza de una potencia global, sino como un símbolo de un sentimiento británico nostálgico y de posguerra que fue invocado con una flota de Mini Coopers retro y un juego de té de media tarde hecho por completo de fieltro. Fue un brillo alegre que, para algunos, solo subrayó la brecha entre la ficción imperial y la realidad que vive el Reino Unido moderno.
Si la coronación del sábado resulta exitosa, para el 9 por ciento de los británicos a los que, según una encuesta de YouGov, les importa “mucho”, será otro punto bien zurcido del hilo que une nuestro presente a nuestro pasado. Para el 64 por ciento al que, según la misma encuesta, no le importa mucho o nada, el 8 de mayo será, en el mejor de los casos, un día libre muy caro.
Para Carlos III, el sábado es la primera gran prueba para saber si puede llevar el timón de una monarquía moderna y más austera que sea relevante —o al menos no objetable— para la mayoría de los británicos. La corona de San Eduardo pesa poco más de 2 kilogramos. Eso es mucho peso para los hombros de un solo hombre.
=====
PAPELDEARBOL
ASOCIADO A EL MERCURIO DIGITAL Y PANORAMICAL DE EUROPA.
Jorge E. Zavaleta Alegre Corresponsal en EEUU.
Fuentes de Informacion
The New York Times
DPA Agencia de Alemania.
¿Latinoamérica sin Reyes?
Jorge Zavaleta Alegre
The New York Times, el 5 de mayo de 2021, ha publicado un artículo de
Hannah Rose Woods, historiadora cultural y la autora de Rule, “Nostalgia: A Backwards History of Britain”.
Y los latinoamericanos explican hoy la
no existencia de monarquías.
Mientras en Europa, la oligarquía había sido, diremos, ya desterrada, en
nuestra América Latina empezaba a implantarse. Esto es consecuencia del vacío
de poder que vivieron nuestros países luego de que se independizaran.
Por qué la mayoría de países americanos no tienen reyes. El principio de
los estados americanos se ubica en 1776, con la Declaración de Independencia de
los Estados Unidos, los cuales habían estado gobernados por la Corona Británica.
EEUU tras un gran guerra contra Reino Unido, consiguió independizarse de los
reyes británicos, siendo considerado como el primer país en llevar a cabo una
revolución liberal, y sirviendo como ejemplo para estados posteriores.
Años más tarde, a principios del siglo XIX, comenzó el proceso de
independencia de los estados latinos. Estos se enfrentaron con los que habían
sido hasta ese momento sus gobernantes, los reyes españoles.
En 1809 sucedió un levantamiento popular, conocida como la Revolución de
Chuquisaca, con dio inicio a la Guerra de Independencia Hispanoamericana. Esta
guerra fue una serie de conflictos armados que enfrentó al Imperio Español
contra sus posesiones en América latina. Pues muchas de estas regiones se
declararon como estados nacionales republicanos, rompiendo con el gobierno
monárquico español.
En 1824 concluyó la guerra, y la mayoría de las colonias se independizaron
de España, formándose 15 nuevas naciones. Las únicas colonias que España
mantuvo fueron Cuba y República Dominicana, que se independizaron en 1898 y
1844 respectivamente. A lo largo de los siglos otros estados se han ido
independizando de sus respectivas monarquías, y en la gran mayoría de los
estados americanos en la actualidad no
tienen gran monarquía.
En la Edad Moderna surgió una ideología conocida como liberalismo, la cual
se basaba en la defensa de la libertad individual, en un poder limitado del
Estado y en la igualdad de todos ante la ley.
Del liberalismo surgieron las revoluciones liberales, que buscaba un cambio
en la política de la Edad Moderna, siendo estas ideas las que influyeron en las
revoluciones americanas.
El primer Estado americano en declararse como una república fueron los
Estados Unidos. En su Declaración de Independencia hablaban del rechazo a la
monarquía, y en la aprobación de una república. Esto se debía en gran parte al
comportamiento que el rey inglés había tenido durante la guerra, tildándolo de
tirano.
Aunque la mayoría de estados americanos no tienen monarquía, existen pocos
países gobernados por reyes (monarquías constitucionales). Estos países son la
excepción: Canadá. Antigua y Barbuda. Jamaica. Granada. Belice.
Leamos a Hannah Rose Woods.
La mañana del sábado, Carlos Felipe Arturo Jorge Mountbatten-Windsor saldrá
del Palacio de Buckingham en un carruaje tirado por seis caballos, hará un
recorrido extenso por el centro de Londres y llegará a la Abadía de Westminster
un poco antes de las 11 a. m., para una ceremonia que en gran parte se ha
celebrado de la misma manera desde hace un milenio.
Dentro de la abadía, se sentará en la silla de la coronación, que tiene más
de 700 años de antigüedad y que albergará, de manera temporal, un bloque de
piedra arenisca escocesa conocida como la piedra del destino. En algún punto,
se pondrá una túnica de 200 años de antigüedad confeccionada con tejido de oro,
bordada de rosas, cardos y tréboles y forrada con seda roja. Será presentado
ante la congregación, cuyos integrantes gritarán: “¡Dios salve al rey Carlos!”.
Carlos será ungido con aceite santo de una cuchara del siglo XII y se le
entregará un orbe, que simboliza la autoridad proveniente de Dios, y un cetro,
que representa el poder. El arzobispo de Canterbury le colocará en la cabeza la
corona de San Eduardo, que tiene más de 350 años, está elaborada de oro macizo
y adornada con un conjunto de rubíes, amatistas, zafiros, granates, topacios y
turmalinas.
Si esta mezcla de antiguo simbolismo religioso y político le parece
impenetrable al espectador promedio, es parte de la idea: cuando se trata de
coronaciones británicas, el anacronismo es una característica, no un error. La
monarquía del Reino Unido y el pasado del país están vinculados de manera
intrínseca y una coronación le da una oportunidad a la institución de hacer un
guiño a la historia con la esperanza de que la historia le haga un guiño de
vuelta. Una coronación exitosa le comunica al mundo —y refleja en tantos
británicos como es posible— una versión de quiénes nos gustaría creer que
somos. El problema es que esta coronación ocurre en un momento en el que no
está muy claro lo que creemos ser.
El Reino Unido en 2023 es un país al borde de Europa que está luchando con
su pasado imperial y afrontando un futuro incierto. Desde la campaña del brexit
en 2016, invocar la “grandeza” de la historia del Reino Unido —al mencionar
acontecimientos o nombres como la batalla de Agincourt o Winston Churchill— se
ha vuelto usual para los políticos de derecha que quieren articular una visión
del futuro del Reino Unido fuera de Europa. Y quizá precisamente porque el
futuro del Reino Unido fuera de Europa parece depender tanto de su pasado, hay
un tono cada vez más duro e insulso en las conversaciones sobre la historia
británica: un patriotismo que no admite ninguna crítica. Los intentos de volver
a analizar la historia imperial del Reino Unido han sido desestimados como
“tratar de dañar al Reino Unido”, promover “una agenda progre” o “sentir una
gran vergüenza sobre nuestra historia”.
Al mismo tiempo, la economía del Reino Unido es una de las de más lento
crecimiento en el Grupo de los Siete. Hay una “crisis del costo de vida”
(niveles altos en tasas de interés, inflación y precios de energéticos). Un
número histórico de familias usan bancos de alimentos y uno de cada cinco
británicos vive en la pobreza.
Este es el momento complejo y polarizado al que la ceremonia del sábado
debe tratar de adaptarse. Camila, la reina consorte, no portará en su corona el
diamante Koh-i-Noor, que fue robado de la India durante el dominio británico y
es un símbolo para muchos de hurto colonial; el aceite sagrado será vegano (sin
civeta, almizcle o ámbar gris), y la ceremonia en sí será más breve y menos
fastuosa, con una lista de invitados reducida, que se supone es una señal de
ahorro y conciencia ambiental.
No obstante, esta coronación reducida todavía les costará millones a los contribuyentes británicos; aunque la cantidad exacta no se hará pública sino hasta después del evento, se reporta que rondará los 125 millones de dólares. Para muchos, el simple hecho de que se realice la coronación es señal de un país en negación, aferrado a una grandeza del pasado. Para otros, cualquier concesión al presente es demasiado insoportable.
“Es en particular perturbador que no se le haya solicitado al conde de
Derby que proporcionara halcones, como lo ha hecho su familia desde el siglo
XVI”, escribió Petronella Wyatt, una columnista en The Daily Telegraph, con
aparente seriedad. “Estos pequeños detalles privan a las personas de su
propósito en la vida”.
Es un acto de equilibrio delicado: despilfarrar la cantidad correcta y
estar a la altura de las circunstancias; recortar de más y perder cualquier
poder que tenga la ceremonia. Sin embargo, las coronaciones, como las
monarquías, han tenido que evolucionar durante mucho tiempo.
Para el siglo XVIII, el Reino Unido era una monarquía constitucional en la
que el equilibrio de poder había cambiado de la Corona al Parlamento. En la
convulsión de la primera Revolución industrial y a medida que las monarquías
europeas —incluida la opulenta corte francesa en Versalles— eran derrocadas en
olas de revolución política, ceremonias como las coronaciones se volvieron una
parte integral de la imagen propia de un país que podía incorporar cambios sin
ruptura, que había optado por la evolución en vez de la revolución.
La coronación de Jorge IV en 1821, tras la victoria del Reino Unido en las
guerras napoleónicas, fue una de las más fastuosas en la historia británica, un
intento, en parte, de eclipsar a Napoleón y celebrar la supremacía británica,
pero también un síntoma del despilfarro escandaloso que lo hizo tan impopular.
En 1831, su sucesor, Guillermo IV, tal vez al percibir los ánimos, quiso
suspender la ceremonia de coronación por completo. Al final, cedió ante la
presión de sus consejeros y accedió a celebrar un festejo más sencillo sin
banquete y una procesión más pequeña. Aun así, fue demasiado para algunos.
La coronación de Victoria, la sobrina de Guillermo, en 1838, tras una
crisis financiera transatlántica, se vio restringida hasta el punto de ser
apodada despectivamente como la “coronación del centavo”. Sin embargo, fue
grande en un aspecto importante: se estima que alrededor de 400.000 británicos
presenciaron la procesión de Victoria; además, hubo una feria enorme en Hyde
Park y pirotecnia.
Una ceremonia que siempre había estado reservada para la nobleza comenzó a
hacerse más pública. Para el siglo XX, la lista de invitados incluía a miembros
de las clases media y, después, trabajadora. Para la coronación de Eduardo VII,
en 1902, a los trabajadores se les concedió un día feriado para celebrar el
acontecimiento (todavía lo tienen, este año es el 8 de mayo).
La coronación de Isabel II, en 1953, tras años de racionamiento y austeridad en la posguerra y con el Imperio británico ya en decadencia, trató de proyectar la imagen de un país que todavía era una potencia mundial al invitar a representantes de las colonias y dominios británicos. Sin embargo, para el jubileo de platino el verano pasado, no fue festejada como la cabeza de una potencia global, sino como un símbolo de un sentimiento británico nostálgico y de posguerra que fue invocado con una flota de Mini Coopers retro y un juego de té de media tarde hecho por completo de fieltro. Fue un brillo alegre que, para algunos, solo subrayó la brecha entre la ficción imperial y la realidad que vive el Reino Unido moderno.
Si la coronación del sábado resulta exitosa, para el 9 por ciento de los
británicos a los que, según una encuesta de YouGov, les importa “mucho”, será
otro punto bien zurcido del hilo que une nuestro presente a nuestro pasado.
Para el 64 por ciento al que, según la misma encuesta, no le importa mucho o
nada, el 8 de mayo será, en el mejor de los casos, un día libre muy caro.
Para Carlos III, el sábado es la primera gran prueba para saber si puede
llevar el timón de una monarquía moderna y más austera que sea relevante —o al
menos no objetable— para la mayoría de los británicos. La corona de San Eduardo
pesa poco más de 2 kilogramos. Eso es mucho peso para los hombros de un solo
hombre.
=====
Jorge E. Zavaleta Alegre Corresponsal en EEUU.
Fuentes de Informacion
The New York Times
DPA Agencia de Alemania.
Francisco
Carranza Romero
Cuando
un peruano se encuentra en el exterior se informa sobre su país gracias a los
medios de comunicación; entonces, siente mucha preocupación por las noticias: inseguridad
social, corrupción en todos los niveles, inestabilidad política, muertes de los
que se atrevieron protestar en las provincias del sur (desde diciembre de 2022
hasta marzo de 2023), lenta investigación e impunidad para los que dispararon
en nombre del orden contra los que protestaban. Además, el clima cálido con lluvias
que destruyen vías y poblados. Crece la preocupación, poco a poco, porque, ¿quién
no quiere lo mejor para su país?
Viviendo
ya dentro del Perú también el peruano experimenta muchos y variados sentimientos
contrastantes:
Alegría.
Por estar cerca de la familia residente en Perú. Por saborear la deliciosa y
variada comida. Además, por las frutas y tubérculos frescos, gracias a los variados
microclimas y por la labor de la gente de la zona rural.
Quien
no ha roto su relación con la madre naturaleza siente la emoción al contemplar y
dialogar con la montaña, río y vegetal. Es el pensamiento hilozoísta del
andino.
Cólera.
Al conducir un vehículo en las calles de
Lima se ve el poco respeto de las reglas de tránsito: Los ómnibus, combis
(microbuses) y camiones no guardan sus carriles y, muchas veces, no se respetan
el semáforo. Los ómnibus y combis se detienen en cualquier lugar para recoger pasajeros
obstaculizando el tránsito de otros vehículos que están detrás. Además, muchos colectiveros
(automóviles particulares usados como taxis informales) hacen la competencia
ilegal a los transportes públicos formales que sí pagan los impuestos.
Los
conductores, creyéndose los dueños de las vías, recurren a las bocinas ruidosas
por cualquier motivo. Si se les llama la atención, inmediatamente responden con
gestos y gritos cargados de coprolalia (copro: excremento, mierda; lalia: lenguaje):
carajeos, cojudeos y mentadas de madre. Una muestra de que mucha gente vive cargada
de tensión y con las ganas de agredir a otros.
Las
motocicletas, ahora convertidos en transportes de entrega rápida de los pedidos,
corren zigzagueando entre los carros y hasta invadiendo los carriles exclusivos
para los ómnibus. Pocos motociclistas respetan las reglas de tránsito. El
objetivo es avanzar lo más rápido posible.
Como
muchas avenidas no tienen ciclovías, las motos, bicicletas y patinetes se suben
amenazadores a las aceras. Entonces, son los peatones los que tienen que
cederles el paso para no ser atropellados.
Experimentando
el tráfico en las calles se puede medir el grado cultural de un pueblo.
Miedo.
En la calle hay que andar en alerta constante para no ser víctima de asalto y
robo. Los ciclistas y motociclistas arrebatan el celular del que camina
hablando por la vereda. Las armas de fuego y las punzocortantes son las más
utilizadas. Hay casos en que, si alguien se resiste al arrebato de su billetera
o su celular, es herido, abaleado y hasta asesinado.
Las
viviendas, aun con un vigilante en el portón, tienen el servicio de alarma.
También
hay miedo a la extorsión y amenazas de los ciberdelincuentes.
Las
noticias diarias de tantas personas acribilladas en las calles son atribuidas a
los sicarios.
Muchos
peruanos, por evadir la responsabilidad nacional, culpan sólo a los extranjeros
como los causantes de todos los robos, homicidios, sicariatos, tráfico de
personas, etc.
Falta
de tranquilidad. Los vecinos fiesteros, especialmente
los fines de semana, celebran sus reuniones con comida, licor y música a alto
volumen. Por el efecto de los tragos y el ambiente emotivo hay gritos y carcajadas.
Las fiestas, muchas veces, se pasan de la medianoche. Y, si alguien pide calma
y menos bulla, pocas veces es escuchado; la mayoría de las veces la respuesta del
fiestero es desafiante y agresiva: ¡En mi casa yo puedo hacer lo que me da la
gana! ¡No sabes con quién te metes!
Aun
así, como Lima es capital del Perú, es la ciudad modelo para otras ciudades de
las provincias. Por el centralismo, la capital es donde se encuentran más
ventajas: mejores oportunidades laborales y educativas, y mejores centros de
salud. Las embajadas de los países extranjeros, el único aeropuerto internacional,
y los más altos estamentos políticos, judiciales están aquí.
Esta
exposición de la realidad no es una difamación; es una advertencia para
prevenir a los peruanos y extranjeros de las sorpresas desagradables.
Nació en 1946 en la comunidad campesina de Quitaracsa, en el departamento peruano de Ancash. Es lingüista y etnólogo. Ha enseñado en la Universidad Nacional de Trujillo, en el Perú, y desde 1981 es docente en Hankuk University of Foreign Studies, Seúl, Corea del Sur. Ha publicado los libros Resultados lingüisiticos del contacto quechua y español, Madre Tierra, Padre Sol, y Diccionario quechua ancashino-castellano.
Papel de Arbol. Washington Dc ,